Somos leyenda

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Varias de las mejores escenas de Soy Leyenda, la película protagonizada por Will Smith basada en la novela homónima de Richard Matheson, son aquellas donde vemos al solitario héroe repetir día a día sus rutinas, como pretendiendo que no ha pasado ni pasa nada.

Recordemos: se trata de la historia del único sobreviviente en Nueva York, y tal vez en el mundo, de una epidemia que a los que no aniquiló los convirtió en feroces vampiros-zombis que vagan por la ciudad buscando seres vivos para alimentarse.

Es en medio de esa desolación que vemos a Robert Neville levantarse todos los días, desayunar, reparar lo que los vampiros-zombis dañan en sus tropelías nocturnas, limpiar, y hasta ir a las tiendas a “comprar” cosas que necesita. Y decimos “comprar” porque, evidentemente, no tendría por qué hacerlo: al otro lado del mostrador no hay nadie (excepto los maniquís que Neville coloca) y podría simplemente tomar las cosas y marcharse. Pero su problema no es nada más abastecerse. Su problema, o más bien el propósito de ese ritual, es recobrar y mantener cierta normalidad, incluyendo aquella que consiste en establecer contacto con otras personas sin temer sean infectados, contra los cuales debe luchar para poder sobrevivir.

Cambiando todo lo que deba ser cambiado, es probable que la mayoría de los venezolanos y venezolanas estemos viviendo una situación similar actualmente. Y es que, de alguna manera, nos sentimos como los últimos sobrevivientes en medio de una tierra de nadie donde seres infectados de las pasiones más bajas buscan las mil formas para jodernos: desde el guarimbero torturador, linchador y que no dudará en quemarnos alegando cualquier “razón”, hasta la vecina devenida en marcadora y pichadora de “sospechosos” a ser entregados a los primeros; desde el político instrumentalizador de la muerte de otros, hasta los opinadores que viven de ello; desde el comerciante que todos los días nos estrangula más con sus precios, hasta el transportista que se aprovecha de cualquier eventualidad para abusarnos.

No pueden faltar en esta lista los funcionarios corruptos cómplices del canibalismo social desencadenado. Ni aquellos que literalmente lo promueven, como es el caso criminal de la actual fiscal. Pero tampoco aquellos con tal nivel de desconexión con la realidad, que por tal terminan siendo cómplices.

Sin embargo, en medio de todo esto vemos cada día a millones de venezolanos y venezolanas intentando hacer sus vidas. Que se levantan cada mañana para dar la primera batalla: cómo resolver el desayuno propio y el de los próximos, luego de lo cual se lanzan a la odisea de llevar los chamos a las escuelas e ir ellos mismos a trabajar y hacer sus cosas previendo poder dar la vuelta completa. Gente que es capaz de caminar kilómetros cuando no hay metro, de pasar en medio de las guarimbas con todo lo que eso significa, de aguantar humillaciones y ataques varios (como el que reciben los funcionarios públicos, policiales y militares que sí cumplen con su deber), escuchar los más increíbles comentarios, tragar gas que no le toca, humo y basura que tampoco. Y nada de eso por gusto masoquista, sino por el esfuerzo heroico, titánico a estas alturas, de mantener la cordura en medio de la locura desatada, la normalidad en medio de la anomia, la paz contra los vientos de guerra, lo correcto entre lo incorrecto, de no dejarse contagiar por el odio, el desespero, ni el oportunismo, y en la medida de lo posible, seguir construyendo, apostándole al futuro, a la solidaridad, inclusive sonriendo.

Gente que no se resigna a que la conviertan en bestia, a ser comida del vecino, pero tampoco a hacer del vecino comida, ni a traicionar ni a traicionarse. Hermosos dentro de la miseria en la que nos quieren hundir, capaces de amar en medio de todas las plagas que nos han caído. La enorme diferencia con la historia de Richard Matheson es que en Venezuela no se trata de un solo hombre a contracorriente de las miserias del mundo, sino que somos la mayoría de venezolanos y venezolanas, millones haciendo frente a un minúsculo grupo de canallas, eso es lo que a fin de cuentas nos recuerda que somos leyenda.

4 Comentarios en Somos leyenda

  1. Que artículo más bonito, se me salieron las lágrimas, pues así ha sido mi lucha todo este tiempo, y mi sensación de soledad, que bueno saber que hay otras personas que sienten y piensan igual.

  2. Excelente articulo, retrata con precisión lo mismo que vivo todo los días en Merida. Al igual que en Caracas y en otras ciudades, muy pocas por cierto, el área de la ciudad bajo dominio escuálido se reduce a muy pocas calles y esquinas pero en las cuales los niveles de violencia y agresividad son minimizados en los medios y presentados como simples enfrentamientos y protestas pacificas.

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  1. ¿Y ahora qué? – 15 y Último

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