Hugo Chávez: “Una nueva vida ha nacido en mí”

NUEVAVIDA

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Dicen que la tradición más compartida a nivel mundial es celebrar los cumpleaños. La historiografía señala que los egipcios, griegos y romanos fueron los primeros en hacerlo. En Egipto, los faraones ordenaban cerrar los negocios y daban enormes fiestas. Los emperadores romanos incluían paradas, circos y combates de gladiadores. En Grecia, los ricos se juntaban en una suerte de clubes exclusivos para hombres, a celebrar.

Estos últimos fueron quienes inventaron las tortas, que en aquel entonces eran colocadas sobre los altares de Artemisa, la diosa de los nacimientos. Luego, la astrología nos dijo que las velas estaban dotadas de una magia especial para conceder deseos.

Para los antiguos estas fiestas tienen su origen en la creencia de que, en el día del cumpleaños, “las expresiones de afecto pueden alejar a los espíritus y poderes malignos que intentan atacar al que lo celebra”. Sin embargo, con la consolidación del cristianismo, todo eso pasó a considerarse pagano.

Los primeros cristianos argumentaban que la Biblia señala que “mejor es el día de la muerte que el día en que uno nace”. Hasta que en el siglo IV D.C. se empezó a difundir la Navidad como cumpleaños de Cristo, y esto hizo que, con el tiempo, también los cristianos festejaran sus propios cumpleaños. Los testigos de Jehová, en cambio, no suelen hacerlo.

Mi madre probablemente no sepa ninguna de estas historias, pero a ella jamás le ha gustado celebrar los cumpleaños, ni el propio ni los ajenos, ni cuando se trata de gente joven, pues “ella no entiende por qué la gente celebra que se va a morir”. En efecto, luego supe que algunas concepciones (no occidentales) consideran que el ser humano, al venir al mundo, debe comenzar a restar el tiempo que le queda de vida en vez de sumarlo, pues alegrarse por agregarle una cifra más a la existencia es, de una u otra forma, festejar el dolor que le causaremos a los otros cuando llegue el momento de partir.

Quizás crecer acostumbrados a una verdad tan sana y natural como esa que reza que “todos nos vamos a morir” nos ahorraría el pánico tan profundo que nos embarga cuando nos ponemos a pensar en el punto de quiebre desconocido, pero inevitable, que es la hora del adiós. Aun y cuando a veces la muerte sea una variante de la esperanza, el alivio del que padece una espantosa enfermedad, o una miserable vida.

Yo no sé cuántas veces Chávez habrá pensado en la muerte, aunque algunas veces lo escuché divagando sobre ella. En cambio, sí recuerdo las ocasiones en que celebró su cumpleaños públicamente. En especial, los últimos dos. Esos donde probablemente más reflexiones en torno a la vida logró hacer.

En el penúltimo, en medio de aquel devorador cáncer, el presidente le dedicó a toda Venezuela sus 57 años, y la invitó a los 67, en su eterno afán con el año “2021”. En medio del contacto telefónico, recuerdo que el periodista y hoy ministro de Comunicación, Ernesto Villegas, quiso hurgar en la significación particular de aquel cumpleaños al que muchos creían (algunos con tristeza, otros con alegría) que Chávez no llegaría.

Entonces, el presidente respondió: “Bueno, ha habido cumpleaños de cumpleaños difíciles, este en verdad independientemente de la coyuntura, me sorprende y yo lo sorprendo a él en pleno renacimiento. Yo estoy ahora mismo como el ave fénix, el retorno, sé que una nueva vida ha nacido en mí, así que es un cumpleaños sublime más allá de todo (…) Yo sé que hay gente que me quiere llamar, enviarme mensajes, pero yo estoy ahorita en unos días difíciles, pues, producto de la quimioterapia, tengo las defensas bajas y muchas restricciones de contacto interpersonal, fíjate que incluso le pedí a mi madre, a mis hermanos, a mi familia, que se quedasen tranquilos en Barinas (…) la verdad yo quisiera bajar a la calle, al patio de Miraflores, a darle un abrazo a cada quien, pero no debo y no puedo (…) hay que seguir esta batalla”.

¿Será que no haberse podido rodear de sus afectos en su cumpleaños fue lo que hizo que “los espíritus malignos” lo atacasen con más fuerza? ¿Será que él lo presintió y por eso al año siguiente, en su último aniversario, se entregó a una gran caravana-concentración en la entrada de La Bombilla en Petare, mientras decía “bueno, llegué a los 58, y voy a alcanzar a José Vicente, que tiene 80 y dele compadre”?

No lo sé. Lo cierto es que no llegó a los 80, que hoy serían 63, que desde entonces yo intento pasar mis cumpleaños rodeada de amor, por si acaso, y que razón tenía aquel nobel francés, François Mauriac, cuando afirmó que “a veces la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. Mientras que la vida sí que nos los roba en muchas ocasiones y definitivamente”.

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