¿Cómo se gobierna una alcaldía en esta crisis?

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Detrás de cada puerta hay un mundo con nombre y apellido que necesita medicamentos, cemento, ladrillos, pisos, operaciones médicas, sillas de rueda, comida, techos, heladeras, pañales, trabajo, dejar de inundarse. Las conversaciones son breves, las imágenes quedan quemadas en los ojos: una anciana doblada en una cama aliviada por un ventilador, una chica embarazada con un niño en brazos que debería caminar pero no lo logra, un viejo en la puerta de su rancho, machete en mano, chimo en boca, unas hectáreas sembradas, silencioso.

-Dependemos del bachaqueo y lo poco que podamos conseguir ahí, para qué le voy a caer a coba. Dice un hombre que vive con su esposa y cinco hijos en una casa de unos seis metros cuadrados, paredes de zinc, piso de tierra.

Las escenas se repiten barrio tras barrio, en Guasdualito, El Amparo, El Nula. La campaña en el municipio Páez, estado Apure, se mete en las zonas de mayor dificultad, donde se unen dificultades estructurales y golpes de una economía en guerra que arrasa con el poder adquisitivo. Seis pañales cuestan 50 mil bolívares. La situación se agrava por la cercanía con Colombia. El billete de 100 mil bolívares, por ejemplo, se vende en 180 mil del otro lado de la frontera: se da el efectivo, se recibe peso o transferencia.

Existen necesidades personales, y otras colectivas: el alumbrado público, la recolección de basura, la vialidad, el agua, la seguridad. Según el barrio alguna tiene más prioridad que otra, siempre se repiten más o menos iguales. Ante la pregunta de qué hace falta, las personas ponen, por lo general, primero las demandas del barrio, luego las de la familia. La gente es noble, dice un compañero durante uno de los recorridos. Noble, necesitada, con expectativas en que las respuestas se logren dentro de la revolución. No todos, existen opositores, y otros que han dejado de creer, ven en la política de ambos lados una reproducción de la política contra la cual se sublevó la revolución. Esperan respuestas concretas, gestión de una alcaldía. No se los convencerá con discursos.

-¿Qué espero del alcalde? Espero que se preocupe por el pueblo y cubra las necesidades que están a la vista, dicen en una casa.

¿Cómo se cubren esas necesidades a la vista, lo atrasado, lo que retrocede cada día un poco más con el agravamiento de la situación económica? ¿Qué puede hacer una alcaldía con competencias y presupuestos limitados -con el adicional en este caso de una mala gestión anterior- ante problemas de carácter nacional e internacional? En cada casa el candidato habla con las familias, agrega páginas a un cuaderno con demandas y números de teléfonos.

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Priorizar. Primero lo colectivo: aseo urbano, vialidad interna, servicio de aguas. El asunto es que el presupuesto seguramente no aguante. Al menos desde una lógica que conciba a la alcaldía como planificadora y ejecutora de las obras, y a las comunidades como receptoras de los logros de la gestión. La perspectiva cambia cuando se aborda la situación desde otra potencia: la cogestión. Algo que se ha comenzado a ensayar desde hace algunos años en este territorio: se crea una articulación de trabajo, plan y presupuesto entre la institución y las comunidades organizadas, centralmente en consejos comunales y comunas.

Significa que, por ejemplo, la alcaldía pone una parte de un dinero para arreglar una carretera, la comunidad la otra parte, y es parte de la construcción de la misma. Son ideas afianzadas sobre experiencias concretas, sobre la capacidad creadora de la organización popular. En uno de los barrios que recorremos las casas han sido financiadas por el Estado y construidas por autogestión: con el material sobrante construyeron una más de la que preveía el presupuesto asignado. Existen centenares de casos similares en todo el país.

El resultado de la cogestión es múltiple: la respuesta en sí, la organización colectiva, la construcción de comunidad, la responsabilidad con lo alcanzado, la subjetividad.

No parece posible cubrir una parte sustancial de las demandas sin esa apuesta. Una gestión en términos convencionales –Estado gestor/pueblo receptor- resulta inviable en este cuadro económico, en particular en una zona como esta, a una hora de la frontera, uno de los principales frentes de guerra que desfondan al país. Planteado en términos estratégicos es retomar lo que decía al Hugo Chávez al reflexionar sobre las formas de medición de una gestión socialista: su aporte al desarrollo del autogobierno popular. La potencia que se puede desplegar desde esas dinámicas es mayor a la que se pueda gestar entre paredes, aires acondicionados, y el poder comunal visto como amenaza. En particular en un municipio cubierto en su totalidad por comunas: hay ahí una fuerza que articulada con la institución puede resolver grandes nudos. El candidato viene de esas experiencias, de la Ciudad Comunal Socialista Campesina Simón Bolívar.

Voluntad política entonces. Y presupuesto. La alcaldía lo necesita, para realizar las obras, pagar sueldos atrasados, aumentos, gobernar y cogobernar. Para eso existe lo asignado desde el Estado nacional, y la necesidad de construir modos de ingreso propios, que permitan mayor capacidad de acción. Existen dos propuestas en esa dirección. Una de ellas es hacer efectivo el cobro de impuestos de los servicios públicos, diferenciados según las posibilidades económicas. Hasta el momento la alcaldía no recauda ese dinero. ¿Cómo garantizar sino el arreglo, mantenimiento y ampliación de los servicios? La respuesta en los casa a casa es receptiva ante esta idea.

Otra iniciativa es el desarrollo de experiencias productivas. La alcaldía puede impulsar planes de siembra propios, vender esos alimentos dentro del sistema de distribución de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción. Dar el ejemplo, y articular, apoyar, las experiencias comunales en todo el territorio, fortalecer esa fuerza económica. Y hacerlo también con productores, pequeños, medianos y grandes. La capacidad que pueda instalar la alcaldía, unida a las posibilidades de producción comunal, resultan insuficientes para las necesidades del municipio, marcado por esta actual crisis agudizada por el contrabando de extracción -hasta los cornflakes son revendidos en Colombia-. Se necesita de los productores, a veces chavistas, otras opositores, a menudo pragmáticos.

¿Se pueden equilibrar los intereses de todas las partes para un plan de desarrollo concreto? ¿Se puede sin alguna de esas tres partes? Es un debate nacional planteado a escala local.

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La alcaldía es percibida por las comunidades como una respuesta a una integralidad de demandas que a veces no forman parte de sus capacidades ni competencias. ¿Cómo se responde ante eso? No se puede generar falsas expectativas, agrandar la sensación extendida de que el chavismo se parece a lógicas que dice combatir. Hablo de la política pequeña, las prácticas electorales-clientelares que subestiman al mismo acumulado chavista, esas promesas de dar respuestas durante la campaña, luego eclipsarse, y regresar en la siguiente contienda electoral.

-Cuenta con nosotros, pero no se olvide de nosotros, dicen en una casa.

El chavismo en el gobierno carga el desgaste de sus propios errores acumulados.

¿Qué se dice entonces? Que es necesario ganar para dar respuestas, que esas respuestas no llegarán todas juntas ni para todos al mismo tiempo, que se priorizará lo colectivo sobre lo individual, que lo individual crítico será atendido por la alcaldía, la otra parte será canalizada a través de programas nacionales -como Hogares de la Patria, Chamba Juvenil- de iniciativas articuladas para construir esas soluciones, como las jornadas integrales de salud junto al Ministerio, que es imprescindible el desarrollo de formas de cogobierno, la alcaldía sola no puede. Por ejemplo.

Es insuficiente, es real, es lo posible estirado por la voluntad política que marca diferencias entre gestiones. Es además sobre la base de un principio a construir: la ausencia de corrupción, esa recurrencia en hacer de lo público un negocio privado, en sacar ganancias propias desde un espacio de poder político. Algo que afecta desde una alcaldía hasta la directiva de una empresa estatal como Citgo.

Seguramente las respuestas no alcanzarán ante las demandas. Por lo estructural, la situación que empeora y tiene soluciones -ni mágicas ni inmediatas- que solo pueden dictarse desde el poder nacional. No se puede resolver el desangre de la frontera desde una alcaldía: se lo puede y debe combatir con inteligencia. Qué sentido tiene chocar de frente contra una sociedad articulada alrededor de ese negocio, una sociedad poderosa, que se nutre de corrupción, política de guerra colombiana, mafias, y una posibilidad para miles de ganar dinero en un cuadro que ya se asemeja a la hiperinflación.

La pregunta acerca de qué hacer con las alcaldías en esta crisis es entonces importante. Ser alcalde no es un premio sino una responsabilidad, una exigencia grande como las necesidades populares. Desde allí se puede agrandar el pozo burocrático o ensayar la política que Chávez dejó escrita para revertir tendencias y avanzar hacia el país que necesitamos.

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