Cronica del apagón: buscando hielo en Maracaibo

Por: Caribay Delgado

Jueves

En casa de mis padres en Maracaibo tenemos un chiste. Decimos que en nuestro circuito debe vivir la mamá del que baja las cuchillas en Corpoelec.

Las casas de atrás y el edificio del frente pertenecen a otro circuito que, segura y comprensiblemente, masculla mardiciones varias veces al mes, y a veces a la semana, cuando se interrumpe el servicio eléctrico. Nosotros, en cambio, no vivimos el apagón prolongado de agosto de 2018 sino como algunos bajones. Es muy ocasional que se vaya la luz.

Entonces, el jueves en la tarde, sin luz, ni señal telefónica ni estación de radio que informara, se nos prendieron las alarmas. En la noche hubo señal telefónica durante 30 minutos, hablamos con mi tía que vive en Nueva Esparta. Tampoco tenía electricidad, para ella la luz volvió en medio de la llamada, colgó y no supimos de ella hasta el miércoles.

Esa mañana habíamos ido al ambulatorio a vacunar a mi hija. Como la enfermera iba a buscar las ampollas al día siguiente, tomó nuestro teléfono y nos anotó para avisarnos el día que fueran a inmunizar, “así tenemos varios bebés para vacunar y se usa todo el frasquito”, dijo ella, con la misma actitud de educadora con que recién le había explicado a una chamita embarazada de alto riesgo la importancia del control pre-natal y los días que se reuniría el club de adolescentes y salud sexual que organiza la doctora tal. “Pero tú no te vas así, ¿Cuándo te vacunaron la última vez?” y como no me acordaba, me fui con el pinchazo de la anti-diftérica y casi una declaración jurada de que volvería a ponerme el de la hepatitis. Al día siguiente pensaba cada tanto en las vacunas de esa nevera ¿tendrían hielo seco para emergencias? Me queda la tranquilidad de saber que los hospitales donde se resguarda la mayor parte de los frascos tienen generador.

Viernes

Las reservas de nuestro tanque estaban bien y como los intervalos sin que llegara agua se habían alargado desde inicios de año, ya hacía rato que habíamos iniciado el protocolo de ahorro máximo de agua. Mamá sacó de la nevera y el congelador todo lo que no requiriera estar frío y cocinó la carne que pudiera empezar a dañarse.

Cuando no pudimos más con el calor, salimos a recorrer la ciudad a ver si nos enterábamos de algo aparte de lo poco que sabían los vecinos. La calle estaba tranquila, pocos negocios tenían planta, los niños jugaban en las calles, los adultos estaban hablando en los frentes. Por la inercia que nos dejó el carnaval decidimos ir al Paseo del Lago; la gente de por ahí cerca usaba las tomas del parque y sus adyacencias para llenar de agua potes y potecitos y otras familias que tampoco aguantaron el calor fueron a poner las hamacas en los bohíos del parque.

Nos regresamos, cenamos, escuchamos tres tristes cacerolas sin mayor apoyo en nuestra escuálida zona del norte del norte que nos sirvieron para reflexionar sobre el sinsentido opositor que es pretender apoyo popular masivo mientras animas a tus cuadros más furibundos a irse del país. Tendimos los colchones en la sala y nos acostamos como para ponerle le mesa al banquete de zancudos.

Sábado

Como habíamos echado gasolina el martes de carnaval y no estábamos haciendo nada en la casa más que derretirnos, gastar el agua lavando los pañales de la bebé y lampacear la sanguaza guayando lentamente desde el congelador, volvimos a salir. Quién sabe y conseguíamos hielo o lográbamos llamar por teléfono de alguna forma.

La Maracaibo que recorrimos estaba tensa y silenciosa como los pueblitos de las películas de vaqueros, excepto ciertos restaurantes chic con planta eléctrica donde la gente que sabe aprovechar la crisis pagaba una comida… no, “brunch” en dólares y aprovechaba el aire acondicionado. Ningún abasto, depósito, bodega, mercado, supermercado, market, verguimarket o comolediganahora tenía hielo, desde el Core hasta el Centro y ya eran casi las 4:00 cuando nos comentaron en uno de esos que en Hielo El Toro estaban vendiendo. Hasta allá fuimos para que nos dijeran que se les había acabado el hielo y no tenían planta, por lo cual iban a cerrar hasta que se normalizara la situación. El hielo lo vendieron barato, o al menos al precio marcado y en bolívares. Otros que se iban nos dijeron que en una camaronera de El Bajo, en San Francisco, estaban vendiendo también.

Mi familia materna es del pueblo de San Francisco así que no nos costó ubicar el lugar. Era mentira: la camaronera no vendía el hielo, lo regalaba. Vimos la cola, enorme… no había nada que hacer, eso estaba contra incendio. “Con todo y todo, qué lindo se mantiene esto”, dije, refiriéndome a los patios amplios del caserío de calles de tierra, con nísperos, mangos, verdor. “¿Te parece? En mi infancia era más hermoso, cada familia con su barbacoa y sus rosales”, respondió mi mamá.

En El Bajo, San Benito (mi patria chica) y La Cachicambera, hay agua subterránea y es común que las casas tengan pozo, al punto que éste último sector toma su nombre de las mujeres que iban a buscar agua a las cacimbas. Pasamos por una casa donde estaban vendiendo agua del pozo y nos explicaron la dirección de otra fábrica de hielo en la Zona Industrial. A lo lejos se veía un molino, ahora decrépito y solo cuando antes eran muy comunes, de los que se usaban por allí para sacar agua de los pozos con la fuerza del viento en lugar de una bomba eléctrica. Valdría la pena copiar esa idea para los tiempos de guerra que vienen.

La siguiente fábrica de hielo tenía otra cola enorme pero tampoco tenía hielo, corría el rumor de que unos policías acababan de llevarse varias tiras. A una cuadra se veía otra fábrica más pequeña donde no había casi nadie esperando y los trabajadores te espantaban con un cuento similar, esta vez protagonizado por la Guardia. “No, señor, eso se lo acaban de llevar”. Nada.

Domingo

El domingo seguimos en la lucha por la higiene, incluso la higiene mental, y las telecomunicaciones. Nuestras vecinas tenían algunas informaciones escuetas y las dos emisoras de frecuencia modulada que funcionaban ponían música. Regalamos algunos de los contenidos del congelador y nos empachamos de los camarones más deliciosos que se pueden comer en medio de una guerra, fueron un regalo de una paciente de papá y él los estaba guardando para una ocasión especial… dudo que hubiera una situación más extraordinaria que esta, así que me pareció adecuado.

Para la tarde el líquido seguía saliendo del congelador y su olorcito a mortecina vencía cualquier intento de limpieza profunda. Como mis padres no habían apostado ni al Petro ni a los lingoticos sino a las carnes como forma de ahorro de preferencia, encontrar hielo era un asunto fundamental y urgente. Emprendimos nuevamente la búsqueda y el boca a boca nos llevó otra vez hasta Hielo El Toro. Frente a la planta, en medio de la avenida Los Haticos y al otro lado de la acera se arremolinaban muchos carros y personas, pero eran menos que el sábado así que enviamos a papá con las expectativas bien bajas. Nada que llegaba, entonces mamá fue a buscarlo.

Comencé a fijarme mejor y vi a la gente yéndose cargada de hielo. Una camioneta vieja de batea con uno o dos hombres, muchachos y una niña se estacionó al lado nuestro, luego se puso frente a nuestro carro un guardia nacional uniformado, gordo, de mediana edad. Papá y mamá llegaron y de casualidad venían con otros muchachos que pertenecían a la comitiva de la camioneta. Se dividieron el hielo que traían. Vi que papá estaba acelerado y sucio, le pregunté por lo que pasó y mientras me respondía el guardia nacional intervino para decir algo por el estilo de “allá lo que hay es un saqueo”. Papá respondió con algún improperio y puteó a los gringos, la muchachada y el guardia respondieron con miradas de perplejidad que infiero no hubieran tenido si papá hubiera puteado a Maduro.

Resulta que la planta estaba hasta el tronquito de hielo, full, en panelas enormes. En la puerta papá preguntó precio y disponibilidad del hielo, le contestaron “pase, que lo están regalando”. Adentro alguien contó que estaban devolviendo sin nada a la gente que llegaba a comprar, hasta que un señor rompió el candando y demostró que sí había. Él jura que en un principio no pensó que era un saqueo (tomen en cuenta la experiencia de la camaronera), que simplemente no pensó.

Llegamos a la casa con 70% del hielo, metimos nuestra proteína animal en una cava playera y esperamos lo mejor.

Lunes

Todavía no sabíamos nada de nuestros seres queridos. La mañana pasó lenta y tensamente, en las zonas clasemedieras la soledad puede ser sofocante. En momentos así extrañamos nuestro caserío donde a todos los vecinos te une algún grado de consanguinidad por más lejano que sea.

Al mediodía llegó mi pareja a llevarnos a todos a Trujillo donde “no se pasa tanta roncha así”. Doy fe de sus palabras. En el camino vimos que habían saqueado algún local del centro, Makro seguía intacto y la gente estaba entrando a Nasa de la C-1 y llevándose todo. Una persona con una moto grande y cara podía verse en el estacionamiento, vacío de otros vehículos, haciendo señas a la gente para entrar.

A partir de Mene Grande pudimos escuchar la radio noticiosa. Fue cuestión de cruzar La Raya para que hubiera señal telefónica, las estaciones tuvieran gasolina y buena parte del servicio eléctrico se viera restituido el día anterior. Pudimos comprar frutas y verduras el jueves y ya el sábado llegó una bolsa de la distribuidora regional de alimentos: Bienvenidos a Trujillo.

Antes de que en Maracaibo hubiera electricidad habían saqueado gran parte de los grandes almacenes, incluso centros comerciales como el Sambil. ¿Me siento mal por los dueños de DeCándido et al que acaparan y especulan? No ¿Por los mezquinos que en las fábricas de hielo explotan a otros para que le hagan plata del agua y la sal y no son capaces de entregar su mercancía ni aunque se vaya a perder? pfffft ¿Por las pérdidas que pudiera tener Amansio Ortega, dueño de Zara, y los representantes nacionales de su franquicia? Ja, ja.

Lamento que algunos pequeños comerciantes fueran saqueados y admiro que la gente defendiera las panaderías y abastos de sus barrios del saqueo, me duele que saquearan los galpones de la Zona Industrial donde se resguardaban los alimentos que sirven a comedores populares, escolares, bases de misiones, etc.

Pero lo triste es que, conociendo a Maracaibo como la conozco, muchos de los enseres y alimentos saqueados por particulares y mafias ya deben estar siendo revendidos aquí y en Colombia al triple de su precio.

Las (comprensibles) compras nerviosas dejaron a la ciudad desierta de víveres, y con la especulación rampante disfrazada de “precios de reposición de inventario”.

Mis padres volvieron hace unos días a Maracaibo y supongo que tendrán que cambiar sus métodos, toca empezar a ahorrar en enlatados y pescado salado.

 

7 Comentarios en Cronica del apagón: buscando hielo en Maracaibo

  1. Caribay…..gracias, gracias por relatar todas esas experiencias…..es lo mejor que he leido en mucho tiempo….te confieso que yo tampoco me sentí mal por la saqueada que le echaron a los depósitos de Lorenzo Mendoza…..

    • Y siente algo usted acerca de una parte de el oro de las reservas internacionales apareció en Uganda? Ah, como lo hizo maduro, entonces eso tampoco le duele, quizá hasta también le alegra como buen “izquierdista”….seguro que opinará: “Es lo mejor que he leido en mucho tiempo….te confieso que yo tampoco me sentí mal por la saqueada que le echaron a los depósitos de oro de banco central…..”

  2. Y porque creen que esas cosas pasaron en el Zulia y no en Trujillo, por ejemplo? Qué mal estamos que todo debe tener un sesgo político… Ah, y creo que van a empezar a sentirse mal por no conseguir lo que vendían Decandido et al y lo que fabrica Lorenzo Mendoza… Todos comemos… hasta ud Caribay Delgado et al

  3. Los productos de Empresas Polar abarrotan los anaqueles…..cerveza, margarina, las dos presentaciones de harina Pan, harina para cachapas, Mazeite, lavaplatos en crema y líquido, detergente Las Llaves, etc,etc…..y no se están vendiendo mucho…..

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