La normalización del abuso: del profesor sádico al feminicida

Por: María Victoria Alen 

Cuando cursaba el cuarto año de bachillerato, recuerdo que tuvimos un profesor de física que era conocido por dos cosas: número uno, ser sumamente estricto. Y número dos, ser un “sádico” con las estudiantes.

En retrospectiva, puedo ver ahora lo repulsivo que resulta que un rumor sobre un profesor siendo acosador sexual, fuese tomado como natural en una institución educativa (privada o pública, en este caso era privada) y que toda la situación se asumiera con total normalidad, como parte de la fauna profesoral, así como cuando hablamos del profesor pirata, o del profesor pana. Pareciera que, dentro de nuestra configuración patriarcal, un profesor sádico era algo bastante normal en los liceos y todos debíamos pasar por ahí.

¡Vaya forma de educarnos para normalizar la violencia, excelente trabajo, educación media!

 “Enseñar” y acosar

La cosa era así: el profesor odiaba que las chicas usáramos el suéter amarrado en la cintura, por lo que cada vez que pasaba la lista y teníamos que ponernos de pie para que nos anotara, nos lo mandaba a quitar, misma historia si pasábamos al pizarrón, lo que, casi siempre, hacia con las chicas del salón.

A mis 15 años mi conocimiento de feminismo, legalidad, protección al menor y otros etcéteras era bastante limitado, por lo que, fuera de que me pareciera abusivo, no hacia mayor escándalo por la situación. Un día, antes de entrar a clases, una compañera y yo conversamos sobre el profesor sádico y decidimos que no íbamos a hacerle caso cuando nos exigiera quitarnos el suéter. Al comenzar la clase el hombre, como todas las veces, pasó la lista. Y yo, por ser de apellido Alen, fui la primera en ser llamada así que, me levanté, con mi suéter bien amarrado a la cintura y cuando me pidió que me lo quitara me negué categóricamente ¿resultado? me iba a quedar parada el resto de la clase.

Acto seguido pasó mi amiga, quien hizo lo mismo con las mismas consecuencias para ella. El tipo, luego, llamó a una tercera alumna quien también se negó, por lo que el patrón de comportamiento se había establecido y él lo sabía, ya no íbamos a obedecerle.

El profesor se acercó a mi amiga y le preguntó el porqué de su negativa, a lo que mi amiga se alzó con un discurso que aunque no recuerdo bien me evoca sentimientos de revolución y rebeldía maravillosos. El hombre comenzó a inquietarse, por lo que como buen animal acorralado empezó a gritar y a amenazarnos por no cumplir su voluntad. Seguidamente, los varones del curso comenzaron a murmurar “sádico”, “viejo verde” por lo bajito y en menos de un minuto el tipo tenía un salón en abierta rebeldía contra su conducta sexual inapropiada.

Volvió a su escritorio, visiblemente alterado y empezó a justificarse diciendo que él solo intentaba mantener la uniformidad, que éramos unos malcriados y, para sorpresa de todos, fingió que se desmayaba. Digo fingió porque se cuidó bien de estar cerquita de la silla cuando lo hizo y cayó hacia atrás con la delicadeza suficiente para que su peso no se llevara la silla con él y cayera de espaldas al piso. Inmediatamente, una alumna fue a llamar a la coordinadora y en menos de 2 minutos el director se hizo presente ante los cruces de miradas entre sorprendidos e incrédulos de todos nosotros.

Para hacer el cuento corto el director habló con toda la clase, justificó al profesor (a quien conocía desde hacía muchos años, como bien nos contó) y el jarabe de lengua posterior versó más o menos en las terribles consecuencias que podría tener (para el profesor) las acusaciones que estábamos haciendo, de lo grave de todo y de lo inconscientes que habíamos sido ¿resultado? No tuvimos profesor de física el resto del año y el tipo fue retirado tras bastidores de la nómina.

¿Mucho hemos cambiado?

De vuelta al presente, 15 años más tarde, un profesor universitario acosa de forma recurrente a varias alumnas del PNF de Artes en la Universidad Experimental de las Artes, mejor conocida como Unearte, todo esto ante la mirada impávida de las autoridades académicas y gubernamentales, que han hecho malabares asombrosos para evitar, a toda costa, hablar del caso, mucho menos intentar asumir su responsabilidad en él.

Como hace 15 años, las autoridades se lavan las manos, fingiendo un poco de demencia y otro poco de simpatía con el perpetrador, transformándose en cómplices inmediatos del acosador sexual. También, como hace 15 años, el perpetrador, guapo y apoyado sabe que nada va a pasar, como efectivamente sucede ya que, y a diferencia de muchos otros casos denunciados por redes en los que el victimario es apresado y procesado por la ley, (gracias a la insistencia por redes de grupos feministas y movimientos sociales) en este caso se lanzan diversas cortinas de humo dentro de las que se cuentan amenazas a periodistas y despidos a familiares de aquellos que deciden sacar el tema a la luz.

Acá podríamos detenernos a contemplar los matices del caso. Según los reportes y denuncias hechos, el profesor de Unearte “engatusaba” a las víctimas prometiéndoles fama y fortuna para luego grabarlas en actos sexuales que, se presume, vendía posteriormente.

Las preguntas y dudas que he leído sobre el caso versan más o menos en la onda de “pero ellas también decidieron asumir ese riesgo porque el tipo les prometía fama, por ende, ellas tienen también responsabilidad ya que pudieron haberse negado”, lo que nos llevaría peligrosamente a las aguas de la culpabilización de la víctima. Aunque no está claro el tiempo que tiene este individuo cometiendo estas atrocidades, sí sabemos que es un hombre experimentado y con un nivel de manipulación alto que roza con la psicopatía. Por otro lado, tenemos a un grupo de jóvenes con altas expectativas respecto a sus carreras y una vulnerabilidad, dada en parte por su juventud y, en otra, por la confianza que correspondería a la presencia de un profesor, una figura que debe transmitir seguridad, confianza y apoyo.

¿Y las autoridades qué?

Todo lo anterior es solo parte de un dantesco paisaje que nos rodea, sin entrar siquiera en las aguas institucionales, como por ejemplo: ¿qué mecanismos ofrece la universidad para manejar estos casos? (no solo la Unearte, en la UCV hay montones de casos iguales que han terminado en el mismo saco vacío del olvido y la complicidad académica). Y por otra parte ¿qué herramientas ofrece la ley venezolana? Sabemos que tenemos una Ley orgánica específica que contempla 22 formas de violencia de género, sin embargo ¿están nuestros fiscales educados en violencia de género? Pareciera que no mucho, como sucedió en el caso de Ángela Aguirre, cuya denuncia iba a ser despachada por la fiscal asignada al caso, Emily Hernández, quien, alterando las evidencias, pretendía pasar la muerte de Ángela como un caso de ahogamiento accidental en vez de uno de secuestro, violación grupal y asesinato.

O los policías nacionales, a quienes cuando les preguntan qué opinan de estos casos suelen contestar con recelo, desviando la mirada y respondiendo un tímido: “esos son casos domésticos que prefiero no atender”, aludiendo a la frase de vieja data: “en asuntos de marido y mujer, nadie se debe matar”, así eso conlleve a la muerte de la mujer en cuestión. Incluso, el silencio cómplice de los personeros políticos de ambas toldas que, cuando una noticia no sirve a sus intereses partidistas se hacen a la vista gorda. Si “evitar responsabilidades de su competencia” fuese un deporte olímpico, nuestros políticos saldrían con un oro indiscutido en todas las modalidades.

¿Qué hacer?

Lo primero es informarse al respecto. En línea existen miles de páginas que desarrollan términos como feminicidio, ciclo de la violencia, patriarcado, conductas machistas, revictimización, entre otros. Como primera causa, si te interesa el tema, lo principal es educarse en él, antes de comentar al respecto, así te convertirás en agente político de cambio y no en piedra de tranca.

En segundo lugar, afortunadamente, por redes sociales existen distintas campañas y organizaciones que prestan apoyo informativo y comunicativo en estas áreas específicas. La alternativa no es callar, omitir y dejar pasar, sino educarse, investigar y luego organizarse en función de estos casos, para conocerlos, reportarlos y sobre todo insistir, a todos los involucrados, de forma activa o pasiva, que se haga justicia a las mujeres que no solo son acosadas, agredidas, violadas, asesinadas y mutiladas por perpetradores sino que luego son revictimizadas por la crítica moralista de aquel que no ha tenido la empatía suficiente para comprender todas las aristas de la situación. No podemos permitir que fiscales como Emily Hernández, o perpetradores como Vladimir Castillo empañen la vida de nuestras jóvenes mujeres, siendo victimarios de la violencia o cómplices silenciosos de su maltrato.

Finalmente, necesitamos hacer una reflexión colectiva acerca de este tema, según un reporte reciente, los datos sobre el feminicidio en Venezuela superan los de la media mundial por un 10%, lo que significa que prácticamente cada 4 de 10 mujeres venezolanas han sufrido diferentes tipos de violencia por su condición de mujer. Estas cifras, por alarmantes que sean, son reversibles, pero para ello debemos comenzar por comprender que, dejar pasar casos como el primero arriba mencionado, abonan el terreno para la naturalización de acciones como los del segundo, que no solo resultan terribles por lo normalizado que están en la sociedad, sino que adquiere un nuevo nivel de horror cuando descubrimos que las autoridades, esas destinadas a cuidarnos, protegernos y defendernos, son las primeras que se prestan a la reproducción de estos actos, protegiendo a los agresores mediante el uso de sus cargos y de la envestidura otorgada por el Poder Popular y el pueblo todo. Nos queda mucho camino por recorrer, pero pa’lla vamos.

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  1. The Normalization of Abuse: From the Sadistic Teacher to Feminicide – Orinoco Tribune

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