Eso que llaman amor… ¿para vivir?

Por: Caribay Delgado Medina

Entre los lectores de 15 y Último se ha criticado recientemente la manera en que sectores del gobierno buscan ensalzar el saber pasar roncha como una virtud en estos tiempos de guerra económica. Muy pegadito de este tic del discurso suele venir un efusivo reconocimiento a la mujer venezolana porque, según, es ella quien lo está pasando peor pero aún así se mantiene en pie de lucha cumpliendo su tarea con amor, echando pa’lante, blablablá, etcétera. Cuando este argumento es usado en un mitin político logra su fin: las mujeres del público se sienten visibilizadas, vindicadas, rompiendo en aplausos y vítores. El pedacito es cierto, pero repetido hasta la náusea ya parece vacío. Después de todo, los hombres también se mantienen en pie de lucha y muchos — ¿por qué no decirlo?—cumplen sus deberes revolucionarios con amor.

El abordaje que se impuso popularmente para hablar del tema es sensiblero y falaz, por más que detrás de tanta manipulación haya una verdad enorme. No se trata de una guerra de sexos, no hay ningún premio a la mujer que sufra más ni a la que mejor sobrelleve los embates del bloqueo. Lo que pasa que esas tareas revolucionarias que socialmente se nos asigna a las mujeres para cumplirlas con amor son distintas a las de los hombres. Aquí se vino a hablar de cuáles son esas diferencias y qué significa ese amor.

¿Para qué es el internet sino para ventilar nuestras desventuras ante los extraños? ¿Para qué el feminismo sino para politizar nuestra intimidad? Se me ocurren pocas cosas más íntimas y, en la actual crisis, más desventuradas que nuestra economía doméstica. Hacia allá apunta este artículo, disculpen que abuse de la primera persona.

“Pa’ la leche que da la vaca, que se la mame el becerro”

A las feministas nos gusta hablar de doble jornada: la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado con el advenimiento del capitalismo nos dejó explotadas y remuneradas en la calle más o menos a la par con los hombres [1] mientras que en casa todo se mantiene más o menos igual que hace décadas. A las feministas latinoamericanas que militamos en la izquierda nos gusta complicar la cosa y hablar de la triple jornada, porque tenemos que compartir lo que ya saben con las tareas políticas y comunitarias.

El trabajo doméstico en algunos casos produce objetos concretos y tangibles (las tres comidas), o la prestación de algún servicio (ropa planchada, barrer la casa), o involucra actividades más esotéricas pero no menos importantes (dar calor de hogar, mediar o aconsejar en conflictos familiares, preguntar constantemente si ya comiste). Si aceptamos, basándonos en la experiencia, que el trabajo doméstico también es realizado por hombres debemos igualmente reconocer que los ejemplos anteriores son más frecuentemente asignados a las mujeres y se realizan a un intervalo menor que las tradicionalmente asignadas a los hombres (cambiar bombillos, destapar cañerías, lavar el carro, reparar artefactos averiados). No hay cifras oficiales para esta repartición del tiempo en los hogares venezolanos, como sí se recogen en otros países, pero no es nada atrevido afirmarlo.

Escribir sobre dedicarse primordialmente al trabajo doméstico no remunerado, o lo que llaman coloquialmente ser “ama de casa”, es sinónimo de escribir desde un cúmulo de privilegios: 40% [2] de las familias venezolanas están encabezadas por una mujer, 70% de estas jefas de hogar no tienen pareja, en estos casos el hogar suele contar con un solo ingreso y, encima, quien lo provee también carga con el grueso del trabajo doméstico. Hay gente que la pasa peor que una.

Sin embargo, les invito a que consideren la siguiente situación: para el año 2016, 51% de la población “inactiva” en edad productiva eran mujeres. De ese grupo 29,7% fungían como amas de casa, el resto se dedicaba únicamente al estudio. Para ese mismo año yo pertenecía a ese segundo grupo, estaba estudiando en una universidad pública una carrera humanista para nada redituable, pero que yo consideraba contribuía a la sociedad. Un año luego de graduarme el alto costo de la vida para una pareja joven en Maracaibo fue el principal impulsor para mudarnos a Trujillo. Para 2017 el inicio de la crisis económica significaba para mí gastar más para transportarme a la aldea de la Misión Sucre donde daba clases que lo que ganaba con el sueldo, y lo dejé. Luego de quedar embarazada pocos meses después, también dejé de buscar trabajo y me avoqué más ávidamente que antes a matar tigres por internet — ¡y a cocinar!—. Yo no había caído del todo en cuenta del terreno pantanoso que estaba pisando hasta que por enésima vez, luego de explicar someramente mi situación a alguna funcionaria pública, ésta me dijo que rellenara el campo de profesión del enésimo formato estadístico que toca rellenar cuando estas embarazada como “oficios del hogar”. Era momento de salir de la negación; como por inercia había llegado a engrosar las filas del 29%.

Pero una no va de millennial/feminista/profesional a madre a tiempo completo por los mismos motivos que impulsaban a nuestras abuelas a serlo. Si yo trabajara, como mi compañero, fuera de la casa entre los dos no lograríamos pagar con nuestros ingresos lo que yo hago dentro. Una “ama de casa” común y corriente gasta su tiempo generalmente en limpiar, lavar, planchar, cocinar, cuidar del bebé o del niño en edad escolar, algunas amamantamos, entre otras cosas que por propósitos prácticos no menciono aquí.

Para tener una idea del valor de este trabajo podemos observar cómo se pagan fuera de casa. Lavar, planchar y cocinar son actividades para las cuales existen establecimientos comerciales especializados; lavanderías/tintorerías y restaurantes. Pero también existen empleadas domésticas (usualmente precarizadas) que los realizan y cobran por jornada. Hasta la fecha en que se escribe este artículo un día de trabajo dedicado a estas tareas puede costar en Trujillo 15 mil bsS. Esto cubre limpieza general o planchar 24 piezas o cocinar, pero dos de estas tareas aumentan el precio a 25 mil; en Maracaibo, en cambio, sólo la limpieza general cuesta 30 mil bsS. y la limpieza profunda de un espacio como la cocina o el baño puede costar entre 20 y 30 mil dependiendo de sus dimensiones.

Cocinar en casa para la propia familia es un trabajo más complejo de lo que sugiere el mero hecho de traer a una persona para que elabore los platos o comprar un almuerzo listo; planificar la compra, hacerla, planificar el menú y posteriormente elaborarlo son tareas que no suele realizar una empleada doméstica común, a menos que tengas dinero para un ama de llaves o un “personal chef”. Dudo que ningún personal chef tenga tanta vocación para la “sustitucionología” que requiere cocinar actualmente en Venezuela, pero si la tuviera, creo que cobraría más por eso y por hacerlo todo desde cero.

Excluyendo de este artículo el cuidado de un adulto mayor dependiente o de una persona con discapacidad, paso a las dos actividades faltantes. Cuidar de un bebé o de un niño en edad escolar son tareas para las cuales el Estado y el mercado ofrecen alternativas: puedes pagar una guardería o llevarlo a un simoncito, pero solamente 10% de los niños en edad preescolar asisten a un simoncito. Un preescolar privado en Maracaibo puede cobrar como mensualidad 70 mil bsS. Desde tu misma casa, otras formas de resolver el problema pueden ser pagar a una trabajadora doméstica convencional (no profesional pero con experiencia) que cobraría alrededor de 40 mil bsS por día, o puede que tengas los 5$ la hora que cobra una agencia de niñeras de Maracaibo para poner a tu disposición una profesional en el área de la educación infantil. Es muy probable que pidas ayuda a la abuela o tía del bebé, o que te digas a ti misma “pa’ la leche que da la vaca…”, y te encargues de eso también. Y, de paso de los pañales de tela, porque nadie fuera de tu núcleo familiar va a hacer eso y los desechables son incomprables.

Hablando de leche; quizás el permiso posnatal y el de lactancia se encuentren entre los más grandes logros alcanzados desde y para las trabajadoras durante la Revolución Bolivariana. Generar las condiciones e incentivos para masificar la lactancia materna nuevamente, cultivar la lactancia materna, hacerla deseable y viable sin imponerla, fueron otros de sus enormes logros en materia alimentaria.

Amamantar es un proceso altamente demandante; el contenido nutricional de la leche varía poco de mujer en mujer y se mantiene estable cada toma independientemente de su ingesta. Si la madre no recibe de sus alimentos un excedente para destinar a la leche, por defecto se utilizarán sus reservas grasas, el calcio de sus huesos y dientes, las vitaminas que requeriría su organismo, etc., deteriorando así su salud. Esto, junto a lo variable de los intervalos y las duraciones de las tomas, a la dificultad de extraer y almacenar leche humana en las cantidades que necesita el lactante y a los costos de los alimentos hace que la meta establecida por la OMS y el gobierno nacional de amamantar exclusivamente los primeros seis meses y extender la lactancia hasta los dos años sea un lujo que pocas podemos darnos. Aquellas que no pueden llegar a esa meta, a veces la abandonan en detrimento de la alimentación de sus hijos; no porque no existan sustitutos viables a la lactancia materna (fórmulas lácteas), sino porque su costo los hace tan inaccesibles que es casi inevitable acompañarlos de prácticas que no son saludables.

“Eso que llaman amor es trabajo no pagado”

Ah, una frase que es casi un meme feminista.

Programas como la Misión Madres del Barrio fueron creados para contrarrestar en la medida de lo posible las desventajas de las amas de casa que no tuvieron acceso a todos los derechos que conquistamos en revolución, para saldar una deuda social e, idealmente, para retribuir desde el Estado todo ese trabajo. Discutamos sus métodos o su efectividad, hay muchísimo que criticar ahí, pero dirigir la atención hacia esa población era fundamental. Yendo al colegio, cuando era una pichona de feminista, escuchaba el programa de radio de Nora Castañeda en RNV —quien fuera una gran influencia para esta y el resto de las políticas económicas con perspectiva de género durante el gobierno del Comandante— llegué a escucharla hablar de la salarización del trabajo doméstico. Hace poco se lo leí nuevamente a Silvia Federicci en una entrevista. Pero mientras más me lo imagino más me parece una utopía cuestionable.

Es indignante que haya quien todavía crea —al estilo “Misión Abre las Piernas”, como llamaba monseñor Lückert a la Misión Hijas e Hijos de Venezuela— que una haría todo ese trabajo con miras a cobrar una pensión. Porque, para empezar, si tabuláramos tiempo y esfuerzo dedicados a esas labores y les asignáramos un salario justo probablemente nadie podría pagarlo. Definitivamente no los niños, adultos mayores, personas con discapacidad que más lo necesitan, definitivamente tampoco los maridos que proveen con su sueldo de explotados los materiales que el trabajo doméstico transformará en comodidad. Si correspondiera a los “empleadores” (en el caso de las mujeres que trabajan fuera de casa) o al Estado pagarlo ¿Qué haríamos con todo el dinero que nos corresponde si no tenemos suficiente tiempo libre para invertirlo en nosotras y nuestros proyectos? El trabajo doméstico nunca termina. O sí, en tanto que es una condición necesaria para la reproducción de la vida nuestra y de nuestros allegados, termina cuando ésta termina.

Eso de “misión abre las piernas” solamente se sostiene si negamos que el trabajo doméstico es un trabajo, y si lo vemos como algo inherente exclusivamente a lo privado. Podemos estar toda la vida enfrascados en esa discusión bizantina pero podemos también salir del ámbito filosófico, irnos al marco legal venezolano y constatar que la Constitución dice que se “reconocerá el trabajo del hogar como actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social” (art. 88). En estos tiempos en que el Estado se está contrayendo, a través de todo este trabajo que la crisis está haciendo cada vez más laborioso, las mujeres estamos abrogándonos una porción importante de la garantía de derechos que son su responsabilidad.

Nos quejamos mucho de la migración de profesionales y de lo que esto significa para la economía nacional, pero esta “guerra económica” está haciendo que las mujeres nos repleguemos más y más hacia lo doméstico y poco se habla de ello. Tenemos una población femenina que en revolución se ha educado y se ha convertido en altamente competente para un sinfín de trabajos especializados… las tenemos luchando con la cena y los pañales, luchando con sus parejas para que contribuyan más dentro de la casa, luchando con las cuentas para que den, delegando estas cosas en otras mujeres mayores que ya tuvieron bastante de estas bregas y merecen espacio para el descanso. Mientras tanto, el gobierno crea la Misión Hogares de la Patria para entregar un dinero extra a las familias según su número de hijos y otros proyectos sucedáneos como el Bono de Lactancia o el Bono del Plan de Parto Humanizado, ya sin el acompañamiento político que pretende hacer Madres del Barrio o Hijas de Venezuela.

Entre los años 2015 y 2016, que fueran los últimos en que el INE publicó estas cifras, la población económicamente inactiva se incrementó de 35,2% a 37,3%. Esos 2,1 puntos porcentuales se traducen en números absolutos en alrededor de 612 mil personas de las cuales más de 528 mil eran mujeres. El aumento en la categoría de “quehaceres del hogar”, territorio casi totalmente femenino, fue de 428 mil personas [3]. No tengo como demostrar que la tendencia se sostuvo hasta ahora, pero como las condiciones en anticoncepción y educación sexual, en materia de trabajo, en materia de cuidado infantil no han mejorado, lo inverosímil es suponer que solamente unas amigas mías y yo seguimos esta trayectoria. Si bien muchas de nosotras, en este creciente número de amas de casa, no pertenecemos al “piso duro” de la pobreza que es la pobreza extrema, en torno a nosotras se está creando un nuevo surco de exclusión que no se puede nivelar a punta de subsidios directos.

Nuestro trabajo representa para el Estado mucho ahorro y poca inversión. Tratar de contentarnos con el temita del amor y la abnegación sin tomar las medidas políticas concretas que retribuyan ese amor y esa abnegación es solamente la cara benevolente del mismo sexismo que hizo a Lükert escupir sus barbaridades.

Como saben todas las personas que han tenido que atender a un bebé que llora sin parar en la madrugada, el amor podrá ser infinito pero a veces se siente como un recurso natural no renovable. Lo que acaban de leer ha sido una forma de decir que el gobierno nacional está tomando medidas extractivistas insustentables con eso también.

_____________

Notas:

[1] Ese “más o menos” es bastante discutible, pero la desigualdad laboral de género, incluso circunscribiéndola a la Venezuela actual, es un tema bastante amplio que no voy a tocar aquí.

[2] Excepto donde se especifica estoy usando las cifras del informe 2018 sobre el estado de los derechos de las mujeres elaborado por el Entrompe de Falopio. Les recomiendo encarecidamente su lectura: http://www.entrompedefalopio.org/wp-content/uploads/2018/11/Desde-Nosotras-Informe-Completo.pdf

[3] En el mismo informe del INE se menciona con preocupación: “Pero es resaltante que la población inactiva femenina aumenta en forma significativa, en la comparación interanual, específicamente se incrementa de manera importante la categoría “Quehaceres del Hogar” (428.330personas), esta situación viene ocurriendo desde el inicio del año 2015 y la explicación debe buscarse desde el punto de vista económico, este informe es estadístico. Debido que el abandono de un porcentaje importante de la población femenina del mercado laboral impacta en los ingresos de los hogares.” (http://www.ine.gov.ve/documentos/Social/FuerzadeTrabajo/pdf/Mensual201604.pdf)

3 Comentarios en Eso que llaman amor… ¿para vivir?

  1. “Nuestro trabajo representa para el Estado mucho ahorro y poca inversión.” para mi esta es la mejor frase de tu artículo, porque allí radica el asunto, si el
    Estado no diseña políticas que obliguen y estimulen la corresponsabilidad social de los “trabajos domésticos”, los que hacen las “amas de casa”, los “quehaceresdelhogar”, los “trabajos de cuidado”, todos trabajos de reproducción de la vida, sino se redistribuyen socialmente, las mujeres seguiremos proveyendo una plusvalía (también afectiva), no sólo al capital, sino a un estado que se dice revolucionario. Alexandra siendo ministra de Lennin la tuvo muy clara y dentro de las políticas que llevó adelante estaban la de planchería y comedores estadales, entre otros, para liberar a las obreras de estas labores

  2. Agregaría al comentario de Indhira Libertad que, en nuestro trabajo doméstico reposa suficientemente, el salvoconducto del Estado para contener y justificar omisiones en la crisis económica actual, es decir, mientras más trabajo doméstico “efectivo” exista, es mayor la maniobra de “resolvedera diaria” y, en consecuencia, se diluyen las potenciales manifestaciones populares a las displicencias del Estado para detener sustancialmente lo que sucede.

  3. Entonces para “resolver” habrá que esperar esto:—<<Tan pronto como la humanidad haya superado el mundo de la necesidad para ingresar en el de la libertad alcanzando, de esta suerte, «la fase superior de la sociedad comunista», habrá abundancia de todo y será posible «dar a cada uno según sus necesidades». Karl Marx —o sea que habrá que esperar sentado.

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