El bucle (V): Qué hacer cuando no hay nada que hacer

No debemos concluir que son las leyes de la necesidad las que fijan la posición intermedia así determinada por las tendencias “naturales”, es decir, por aquellas que probablemente persistan, a falta de medidas expresamente destinadas a corregirlas. La observación de la realidad, tal como ha sido y es, demuestra que rigen estas tendencias, pero no que sean un principio inmutable que no pueda ser modificado

J.M. Keynes.

Por: Luis Salas Rodríguez

La hipótesis de esta serie de notas es que el país en general y el gobierno en lo particular, está atrapado en una especie de bucle espacio-temporal. Bucle que, sin embargo, no es de repetición y estancamiento, lo que ya sería grave, sino de regresión y deterioro. Eso lo expusimos en la primera nota de la serie, por allá por junio de este año, que en un cronograma normal no es mucho tiempo pero para la intensidad venezolana fue hace una eternidad.

No obstante, también decíamos en aquella oportunidad que no tenemos que quedarnos irremediablemente atrapados en esta dimensión desconocida en la que estamos envueltos y en la que nada es lo que parece. Pues el bucle, al final de los finales, puede que tenga varias salidas. El problema es que para encontrarlas lo primero que se tiene que decidir no es por dónde salir, es decir, la salida propiamente tal. Lo primero que hay que resolver es hacia dónde. Y una vez decidido eso, encarar el cómo y por dónde.

Pero el problema aquí es evidente: el gobierno nacional, que es el encargado de marcar la salida y capitanear la nave en esa dirección, no solo tiene serios problemas a la hora de definir sus objetivos, explicitarlos ni qué decir explicarlos, sino que da la impresión de querer salir por varias puertas a la vez, o peor, fingiendo ir por una cuando en realidad se va por otra, lo que profundiza el bucle de las repeticiones de las mismas medidas no exitosas una y otra vez  lo que se vuelve exasperante para la población e irreversiblemente costosas para el país.

Justo eso decíamos en junio de 2018, antes de las medidas de agosto. Cinco meses después, el último “balance” ofrecido por el gobierno aquellas medidas pero sobre todo los factores de “corrección” aplicados confirman nuestros temores.

Hoy nos encontramos en estas circunstancias, donde el gobierno luce desorientado después de haberlo intentado casi todo y las expectativas de que venza a la crisis están en sus grados más bajos tras lo ocurrido con las medidas de agosto, lo que lleva a pensar a muchos que ya no hay nada qué hacer.

Pero lo primero de lo que tenemos que estar claros es que no hacer nada –lo que incluye seguir haciendo lo mismo- es la peor de las soluciones.

Y que tanto el país como el gobierno no tenemos otra opción distinta a superar la coyuntura, porque lo contrario lo peor no es ni siquiera que retorne el neoliberalismo puro y duro, sino que el país quede irremediablemente atrapado en el bucle regresivo similar al actual de Zimbabue o al que padecimos entre mediados del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX, cuando éramos el país más pobre del continente pese a contar con una infinidad de recursos que otros no tenían.

¿Se puede estar peor?

Así las cosas, si bien el temor y el vértigo pueden llegar a ser paralizantes, ser conscientes de que lo peor está todavía por venir, debería inyectarnos la motivación necesaria para actuar.

A propósito de esto, en días recientes en un foro comentaba que, a mi modo de ver, lo más grave de la situación actual es que pareciera no estamos lo suficientemente conscientes de lo grave que es.

Claro está que nos vemos afectados y la padecemos. Y no de pocas maneras la asumimos con mucho de heroicidad individual y colectiva, haciéndole frente entre los bandazos infructuosos del gobierno, las presiones internacionales, la charlatanería y el fascismo oposicionista, la miopía de empresarios-comerciantes y el extendido “concierto para delinquir” de especulación y corrupción desatado en medio de todo ello.

Sin embargo, tal vez nos pasa como país que nos encontramos en un trance similar al de la rana del famoso síndrome del agua hirviendo, que al ser introducida cuando el agua estaba fría no fue consciente del aumento de la temperatura hasta que se sancochó fatalmente.

El caso es que, tras seis años de subidas ininterrumpidas de los precios, del dólar, de devaluación de la moneda nacional, escasez, contrabando, desinversión, caída de las reservas, del ingreso petrolero y ahora de la producción misma, de apagones eléctricos, caos en los servicios básicos, fuga de divisas y de conciudadanos, violencia política, terrorismo, etc., deberíamos al menos convencernos de algo: tenemos que dejar de decir que ya no se puede estar peor como hacemos todos los años y convencernos de que sí podemos estarlo, como nos pasa año tras año.

Y que de hecho, de seguir las cosas como van, lo que viene nos hará extrañar con nostalgia lo que estamos viviendo ahorita, como en 2018 nos parece que en 2016 no estábamos tan mal como creíamos entonces.

En fin, a la pregunta de si podemos estar peor de lo que ya estamos la respuesta no puede ser otra que un rotundo sí y mucho.

¿Donde estamos?

Dimensionar la situación actual es complicado, no solo por lo compleja que es, sino porque se acompaña de un apagón estadístico dada la decisión gubernamental de no publicar indicadores desde finales de 2015. Ahora, con todo, se han venido ofreciendo datos extraoficiales y oficiosos que permiten llevar a números lo que subjetivamente enfrentamos.

Pero para no reiterar datos que por todas partes florecen ante el vacío oficial, consideremos solo lo que sigue, que en mi criterio resume todo lo otro que podamos decir sobre salarios precios, producción, abastecimiento, etc.:

  1. En 1999, el PIB del país a precios corrientes, según el BCV, montaba en 97 mil millones de dólares, para una población de 23,5 millones de personas. En 2012, el PBI llegó a situarse en 381 mil millones de dólares, casi cuatro veces el de 1999, para una población de 29,8 millones de personas, según las estadísticas del INE. Sin embargo, para 2018, se estima que el primer indicador cerrará en unos 100,8 millones de dólares, es decir, que el PIB venezolano en 2018 será 3,8 veces más pequeño que el de 2012 y casi equivalente al de 1999, pero con una población estimada en 31 millones de personas. De seguir la tendencia, el PIB de 2019 podría llegar a 92,4 mil millones de dólares, equivalente al de 1998 (91 mil millones de dólares).
  2. El dato poblacional no es menor: significa en términos prácticos que en 2018 tenemos un PIB equivalente al de 1999, pero con unos 8 millones de personas más. Pero la población de 2018 no solo es cuantitativamente mayor a la del 98, sino también cualitativamente: se trata de una población que llegó a estar mejor alimentada, educada, asistida médicamente, con mucho mejor empleo y poder adquisitivo e integrada cultural y hasta recreativamente, con ejercicio efectivo de sus derechos. En tal virtud, el retroceso del PIB al de 1998, no solo implica que «sobran» 8 millones de personas, sino que el ajuste implica una severa contracción en cuanto a calidad de vida y expectativas de la misma. El fenómeno de la emigración en buena medida se explica por ello, lo que por otro lado actúa como una válvula de escape. Pero con respecto a esto último, incluso suponiendo sean las cifras más infladas que se han dado sobre este fenómeno (se habla hasta de 6 millones de personas) emigradas, la compensación del ajuste demográfico no es suficiente, lo que condena a muchos a se expulsados de la vida social pero dentro del territorio nacional, hacia la indigencia, la desatención, la pobreza extrema, etc.
  3. Lo que no significa, por cierto, como majaderamente afirman sectores del oposicionismo, que la crisis afecte a todos por igual: como siempre en situaciones como éstas hay ganadores y perdedores, y entre los primeros no solo están los enchufados de la corrupción. Según un reciente estudio de la UCAB –a la que para nada podemos tildar de chavista- en los últimos años se revirtió la tendencia de distribución del ingreso ocurrida entre 2003 y 2012: contrario a lo que ocurrió durante aquellos años en que todos los deciles de la población mejoraron su ingreso y solo el decil de los más ricos retrocedió, de 2013 en adelante el único que ha mejorado su posición son los más ricos en detrimento de todos los demás.

¿A dónde podemos ir?

Es obvio para todo el mundo, menos para los hacedores de la política económica, que las actuales políticas de estímulo a la producción no están rindiendo frutos (al menos para el país, claro está, en lo individual seguramente hay quienes las saben aprovechar  muy bien).

Hasta el presidente lo ha denunciado varias veces, incluyendo la alocución del jueves pasado: les garantizan la materia prima (seguramente a precios subsidiados y no de “mercado”), les dan dólares preferenciales (por alguna vía que no debe ser el DICOM, dicho sea) y hasta subsidian los costos de nómina pese a que pagan los salarios más bajos del continente, pero los resultados están a la vista (o mejor dicho, no están: hay menos productos a mayores precios), lo que por increíble que parezca no desincentiva al gobierno de seguir haciendo lo mismo que no le funciona.

Pero este tema de la producción nacional tiene otro detalle: y es que no solo se trata de abastecer el mercado nacional, sino que se supone en los cálculos que ofrecen a la hora de hablar del “posrentismo” que son las exportaciones no tradicionales las que nos sacarán de la crisis.

Lo único cierto de esta afirmación es que estamos por la vía de los hechos en el posrentismo económico, pero no porque las exportaciones no tradicionales hayan sustituido al petróleo, sino porque la caída de la producción petrolera ha desaparecido la renta y dentro de poco de seguir la tendencia hasta el ingreso mismo.

Ya lo dijimos una vez: para que el ingreso no tradicional vía exportaciones de los sectores privados (“revolucionarios” o no) iguale al petrolero para un año como 2016 (cuando ya estábamos en emergencia económica), deben aumentar su capacidad productiva unas 350 veces a la actual, todo considerando que no solo produzcan y luego vendan en los mercados internacionales, sino que reporten transparentemente sus ingresos y los entreguen al fisco nacional.

Se trata de un esfuerzo olímpico que luce muy poco probable podamos ver en esta vida. Por lo demás pasa algo que pareciera no estarse tomando en cuenta: dada la hiperinflación en todos los niveles, en la actualidad sale más barato importar que producir a lo interno.

En resumen:

  1. Tenemos un sector privado que no levanta cabeza, bien por razones políticas, por causa de la propia crisis o por una mezcla de ambas.
  2. Una industria petrolera (nuestra más segura y casi única fuente de financiamiento externo) produciendo a niveles de los años 40 del siglo XX.
  3. Un salario que en lo que va de año y pese a los aumentos ha perdido su poder adquisitivo en torno a un 90%. El más reciente aumento por la forma y el contexto en que se dio ya este fin de semana perdió lo que pudo haber ganado al momento de su anuncio.
  4. Una política salarial que en la práctica está expulsando de la administración pública a miles de trabajadores y lanzando a la informalidad a muchos incluyendo del sector privado, lo que además de lo que supone para las familias y personas y lo que implica de contracción del mercado interno, genera un debilitamiento de las funciones de gobierno, por no hablar de la exportación del bono demográfico implicado en la emigración de personas, un número para nada despreciable de ellas formados en universidades públicas y para servir en instituciones públicas, pero que ahora tributan a otros países que usufructúan nuestra inversión.
  5. Unos servicios públicos en situación crítica. En estas páginas y muchos otros espacios se ha hablado de temas como el transporte, el agua, el aseo urbano o el gas. Particularmente preocupante me parece el caso del sistema eléctrico nacional, no solo incapaz de sostener la demanda actualmente existente de energía eléctrica, sino también, y sobre todo, de soportar la que exigiría una recuperación económica social como la que requerimos. Para decirlo en dos platos: si quisiéramos volver a los estándares y niveles de 2012 necesitaríamos aumentar cerca de un 50% la oferta disponible de energía del sistema eléctrico nacional.

En materia de precios, las proyecciones para 2019 son escalofriantes por decir lo menos.

Por no hablar del tema cambiario y monetario. Esto último merece un análisis especial.

Pero para no extendernos más de la cuenta resumamos: dada la tendencia, que incluye insuficiencia de divisas, manipulación continuada de los tipos de cambios paralelos que jalan al oficial, más la incomprensible política monetaria que promueve la circulación de otras monedas (incluyendo las criptos) a pesar de la propia y especulando contra ella (lo que incluye a El Petro, cuya política de «ahorro» consiste en devenir un instrumento especulativo que promueve la fuga de divisas y la especulación cambiaria contra el bolívar), en corto plazo asistiremos a una desbolivarización definitiva de la economía nacional, lo que puede dar pie a su dolarización o a la adopción de una anarquía monetaria similar a la que vive Zimbabue tras el fin de la hiperinflación y donde circulan medios de pago y monedas de todo tipo menos la nacional (que ya no existe).

¿Se puede hacer algo?

Como dijimos al comienzo, en situaciones como estas donde al parecer ya no hay nada qué hacer lo peor es no hacer nada, lo que incluye seguir haciendo lo mismo en una especie de correr la arruga eterno.

Son muchas las cosas que se pueden y deben hacer. Pero a mi modo de ver, en lo que a política económica refiere, todo lo que se pueda hacer depende de tres cosas:

La primera es que el gobierno decida por fin en qué contexto se encuentra y que es lo que está enfrentando. Por acto reflejo discursivo, siempre afirma que enfrenta una guerra económica y hasta declaró un estado de emergencia. El tema es que al mismo tiempo actúa como si tales cosas no existieran. Y de hecho, se ha llegado a decir abiertamente que la guerra económica es una excusa. Es posible. Pero este es el tipo de cosas que el gobierno debe sincerar. Pues si está en una guerra económica debe actuar en consecuencia. Y si no lo está también. Lo que no puede hacer es usar la guerra económica para justificarse de lo que no hace o no le sale bien, tal cual es la tedencia última o a conveniencia. Por ejemplo, exactamente al día siguiente que se dijo que ésta era una excusa, se dio una rueda de prensa para decir que el DICOM tranzaría en euros porque «por la guerra económica» no podía seguir haciéndolo en dólares. Es el tipo de ambiguedades que son imperdonables y que hacen perder toda credibilidad. Por lo demás, el DICOM continúa tranzando en dólares por los problemas operativos que enfrenta comerciar en euros.

La segunda es definir qué salida quiere el gobierno, en el sentido de hacia dónde quiere salir. Y aquí pasa como en el punto anterior: no puede jugar en dos terrenos al mismo tiempo. Y debe asumir las consecuencias de dicha definición. Si la salida es el pragmatismo de subsidiar a los privados que le hacen la guerra y en todo caso no tienen capacidad en el corto plazo de reactivar a la economía, debe estar consciente que es muy poco probable que tenga exito. En el mejor de los mundos posibles por esa vía, se trata de una apuesta a muy largo plazo, y como se ha dicho, el problema con el largo plazo es que entonces todos estaremos muertos. Ni el gobierno ni el país tienen largos plazos ni siquiera medianos, el único que tenemos es el ya, lo que nos lleva al tercer punto:

Y es que aunque parezca un lugar común, guste o no, el petrolero es el único sector de la economía venezolana que tiene el empuje y potencial suficiente para en el corto plazo -que es el único que tenemos- revertir la caída y reimpulsar a los demás sectores es el petrolero. No hay de otra. Hay que rescatar PDVSA. Todo lo que no se dirija a su recuperación es dinero, tiempo y esfuerzos malgastados, en un sector privado que, suponiendo tenga la voluntad –que no es siempre el caso- en todo caso no tiene la capacidad para tamaño reto.

Por más deterioriorada que esté PDVSA, el sector petrolero es la vía más expedita y segura para detener la caída y apalancar una recuperación. Y no solo el de extracción -que ya sería bastante- sino el de refinanción. Con los niveles actuales de precios (en torno a los 50 dólares por barril) y los que se avizoran (en torno a 70), el país estaría por encima del promedio histórico de entre 1999-2012: 55 dólares por barril. Bien administrados, es más que suficiente para acometer las importaciones necesarias y a partir de políticas exitosas en otros momentos, como compras del Estado, reanimar la actividad interna de producción y consumo, mejorar los servicios y los salarios, equilibrar cuentas fiscales, renegociar deuda, etc., todo lo cual crearía condiciones para acometer las otras tareas pendientes.

De lo contrario seguiremos condenados al bucle regresivo del deterioro lento pero progresivo  y la procrastinación exasperante. Si algo debimos haber aprendido estos años es que en materia económica Dios no provee.

Y en cualquier caso, tal vez nos pasa como en el chiste aquel del tipo que en una inundación rechaza varias lanchas y botes que van a salvarlo, argumentando siempre que Dios lo salvaría. Finalmente murió ahogado y cuando llegó al cielo le reclamó a Dios que lo abandonó. Y Dios le contestó: «cómo que te abandoné, si te mandé varias lanchas y todas las rechazaste«.

La moraleja del cuento es que de nada vale decir que tenemos las reservas petroleras más grandes del mundo si no podemos sacarlas de abajo de la tierra. PDVSA es la lancha que puede sacarnos a flote aprovechando aquello que la naturaleza nos proveyó. No darnos cuenta de ello o peor aún rechazarlo, vaya uno a saber a cuenta de qué, es inexplicable por decir lo menos y la historia no lo perdonará.