La otra invasión

Por: Eduardo Viloria Daboín

En el Pico El Águila, a 4118 metros sobre el nivel del mar, 339 kms de Cúcuta y 280 kms de Puerto Santander, en el frente de los kioskos donde venden artesanías, jojotos sancochados y duraznos, así como en el botalón donde se ofrecen paseos a caballo, iluminados por el blanco resplandor de la neblina -y a veces de la nieve- cuelgan letreros que dicen: “Se aceptan pesos”.

Aunque esto es regular desde siempre en poblaciones como Ureña, San Antonio, La Fría, Paraguaipoa, El Nula, El Amparo o Guasdualito, todas ubicadas en plena frontera con Colombia, no era así hasta hace apenas unos meses en las alturas del páramo merideño.

Un par de años atrás, en poblaciones como Zea, Tovar o El Vigía, ubicadas al suroeste merideño, a unos 120 kms de Puerto Santander, Colombia, comenzó a darse la entrada cada vez mayor del peso, si bien no con la generalidad con que ocurre en plena frontera sí de forma creciente y sostenida. Sin ser la norma general, los letreros de “Se aceptan pesos” existían y existía también el hábito de convertir a pesos los bolívares como forma de ahorro y de acumular esta moneda para ir de compras a Puerto Santander: sobre todo en los años de mayor escasez y acaparamiento de productos básicos como parte del desarrollo de la guerra económica contra Venezuela, la gente de poblaciones relativamente cercanas de Colombia comenzó a resolver así parte de su abastecimiento.

Por los lados del Sur del Lago merideño la cosa no es distinta. Desde hace al menos dos años el peso colombiano viene instalándose, de facto, como la moneda de curso regular: abastos, panaderías, carnicerías, tiendas de ropa y zapatos, fruterías, licorerías y farmacias publicitan sin tapujos la aceptación del peso o la fijación de los precios a partir del pes.: Quien pague en bolívares debe calcular la conversión, como si estuviera en un hipotético lugar fuera en Colombia en el que aceptaran nuestra moneda.

En un municipio tachirense como Libertador, ubicado a 135 kms del paso fronterizo del puente Simón Bolívar, la moneda de curso regular, completamente mayoritario, es el peso colombiano. Aunque tachirense, no se trata de una población netamente fronteriza sino de un lugar que queda a 4 horas de trayecto en autobús del paso fronterizo más cercano. Allí la gente cobra por su trabajo en pesos: en los comercios, en los sitios donde venden comida, en las peluquerías, los profesionales, los jornaleros en el campo. En todas partes los precios están indicados en bolívares y en pesos. Pero como lo que más circula es el peso, es en esta moneda que se realiza la mayoría de transacciones. Un kilo de carne costaba hace poco 12 mil pesos, un kilo de jabón 20 mil pesos, un café de termito en la calle 1000 pesos, el litro de gasolina bachaqueada entre 1000 y 2000 pesos.

Lo mismo pasa en poblaciones más adentradas en el territorio venezolano, como Santa Bárbara o Socopó, en el estado Barinas. Dinámicas económicas que comenzaron ocurriendo sólo en plena frontera se han ido expandiendo y generalizando hacia zonas cada vez más adentro del territorio venezolano. La tendencia indica que en estos lugares donde aún no es tan mayoritario el uso del peso en algún momento terminará por serlo hasta desplazar por completo al bolívar.

En las poblaciones netamente fronterizas como San Antonio o Ureña, donde esta pesificación de la dinámica económica ocurre desde hace ya mucho tiempo, hoy en día en la calle la gente simplemente se niega a recibir bolívares. Para pagar una empanada o un refresco, por ejemplo, hace falta caminar cuadras y cuadras antes de conseguir quién acepte los bolívares, si es que se consigue.

II

Antes de la reconversión monetaria decretada el 20 de agosto del año pasado, en las poblaciones fronterizas y en otras no tan fronterizas como La Pedrera, Santa Bárbara o Socopó, era común ver a la gente con enormes pacas de bolívares en efectivo. En bodegas, abastos, puestos de buhonería se transaba en bolívares en efectivo y a la gente se la veía en la calle con bolsos de todos los tamaños exclusivamente para guardar en ellos los billetes. Mientras en ciudades como Caracas era prácticamente imposible obtener ese efectivo, en el occidente del país más cercano a Colombia éste abundaba.

En esa época el negocio era el contrabando de extracción de los productos básicos venezolanos hacia las poblaciones fronterizas del lado colombiano. Era necesario tener bolívares para comprar en Venezuela los productos (cuyos precios estaban regulados) para luego revenderlos en pesos en Cúcuta, Puerto Santander, Arauca o Maicao, y luego cambiar esos pesos a dólares y los dólares en bolívares y seguir el círculo que terminó por absorver todo el efectivo del país y llevárselo a esa zona del país y a Colombia. Tanto era así, que los billetes venezolanos de mayor denominación se vendían como mercancía sumándoles a su precio hasta el 100 o 200% de su valor real.

Hoy el peso en efectivo impera en las poblaciones fronterizas venezolanas y va ganando terreno hacia adentro en nuestro territorio. La baja oferta de productos básicos alimenticios y de higiene personal y doméstica en muchísimas poblaciones del centro/sur del país, y el hecho de que pasó a ser más barato comprar en Colombia que en Venezuela, hizo que se convirtiera en una alternativa cada vez más atractiva ir de compras a Colombia en busca de esos productos, lo cual se da de dos modos: quienes van a comprar con fines sólo de abastecimiento familiar, y quienes van a comprar para revender en sus pueblos y ciudades. Para ello es necesario acumular pesos o dólares, que luego son cambiados a pesos para poder con ellos comprar en los establecimientos colombianos.

A medida que esta dinámica va creciendo, en las poblaciones donde esto se va haciendo más generalizado va aumentando la circulación del peso de modo que cada vez es menos necesario cambiar bolívares a pesos puesto que el peso circula casi como moneda principal. Si a fin de cuentas los bolívares que se obtienen solo tienen la finalidad de ser cambiados a pesos, es más sencillo empezar a cobrar el trabajo propio (y los servicios y las mismas mercancías que se venden) directamente en pesos.

Pero esto es así sobre todo por una razón, y no sólo porque cada vez más gente vaya de compras a Colombia. ¿Cuál es esta razón? El hecho de que el bolívar deja el espacio al peso porque cada vez existe menos, tanto en efectivo como en las formas electrónicas de circulación. Si el bolívar circulara de forma abundante en efectivo y sin trabas de forma electrónica la gente iría con sus bolívares a Colombia, cambiaría su dinero venezolano a moneda colombiana en las casas de cambio, haría sus compras y volvería. Pero como prácticamente no circula el efectivo y pagar en punto de venta, pago móvil o transferencia por internet es cada vez más difícil (bien por escasez de puntos de venta, bien por falta de cobertura telefónica y de conectividad), pues entonces se va generalizando el peso. Y si a esto le agregamos que el valor concreto del bolívar, su poder adquisitivo, no hace sino caer, pues entonces el interés y la necesidad de tener y usar bolívares, en términos exclusivamente de pragmatismo económico, pues simplemente no existe o va dejando de existir.

III

Viene configurándose, así, un escenario en extremo grave. Se trata de una suerte de anexión económica, una forma en que el sistema económico colombiano pasa a existir, concreta y fácticamente, en enormes porciones de territorio venezolano y en la mentalidad económica de la población venezolana que habita esos territorios. La vía para ello es doble: una vía comercial, que implica que gana cada vez más terreno en el mercado interno venezolano la mercancía generada por el aparato productivo colombiano, y la vía finaciero-monetaria, a través del avance abrumador del peso colombiano adentro del territorio venezolano como moneda de curso regular.

En los sitios donde la consolidación del peso es mayor se dan dinámicas en las que deja de existir el sistema económico venezolano y es sustituido por el sistema económico colombiano. Los comerciantes, productores agrícolas, profesionales, es decir, los sectores con mayor poder adquisitivo, en la medida en que se abastecen fundamentalmente en Colombia, terminaron por tener cuentas bancarias y tarjetas de débito y crédito en bancos colombianos, de forma directa o a través de terceros. Al ser tenedores de pesos y empleadores de mano de obra venezolana, pues también empiezan a pagar salarios en pesos. Así va drenando el peso, filtrándose y socavando nuestra ya golpeada economía.

De este modo, trabajo realizado en territorio venezolano y por gente venezolana, producción obtenida en tierra venezolana con esfuerzo venezolano y en muchos casos financiada con dinero del Estado o la banca venezolana, termina yendo a parar al sistema económico-financiero colombiano. Toda la gente que habita en estos territorios y que forma parte de esta dinámica, aunque viva y produzca a 300 kilómetros de la frontera, termina viviendo, en términos económicos, en Colombia, con la mente en Colombia, con la mirada hacia Colombia, con su trabajo, su producción y su dinero siendo inyectado a la economía colombiana y no a la venezolana.

Dos detalles ilustran muy bien esto: 1) en una población como Tucaní, a casi doscientos kilómetros de la frontera con Colombia, en las radios locales, venezolanas, con autorización para emitir señal otorgada por CONATEL, circula en alto porcentaje publicidad de comercios y negocios y marcas colombianas; 2) buena parte de la gasolina que se desvía de las estaciones de servicio hacia el mercado paralelo ilegal no tiene ya como destino cruzar la frontera y ser vendida en Colombia, sino que es revendida en el propio territorio venezolano: si ahora puede venderse en pesos aquí adentro al precio que el sistema económico colombiano define, ¿para qué llevarla hasta allá?

Así, si trazáramos un mapa para dibujar territorialmente el sistema económico colombiano tendríamos que colocarle la frontera no donde están los límites geográficos y políticos del país definidos jurídicamente, sino que habría que trazar esa línea fronteriza mucho más acá, adentro del territorio venezolano. En ese hipotético mapa Venezuela habría cambiado de forma, se vería no solamente distinta sino mucho más pequeña. Y si sumáramos a la población económicamente activa de Colombia toda la gente venezolana cuyo esfuerzo y trabajo termina tributando al crecimiento de la economía colombiana, seguramente ese hipótetico censo económico de población restaría en mucho nuestra población económicamente activa.

Pero el asunto no llega hasta allí. Además, está la proliferación de servicios como telefonía celular, internet y televisión digital prestados en territorio venezolano por empresas colombianas. En municipios enteros como el fronterizo municipo Bolívar, en Táchira, la telefonía celular que todo el mundo usa es Claro y no Movilnet ni Movistar ni Digitel. En el centro de San Cristóbal buena parte del internet es presatado por empresas colombianas que no aceptan bolívares ni dólares como pago sino exclusivamente pesos. En el occidente de Apure y Barinas cada vez más gente tiene, además de sus chips de celular con líneas venezolanas, también el correspondiente chip de Claro, porque es gente que se mueve con frecuencia hacia Colombia o porque empieza a llegar la señal ser esta empresa más adentro en nuestro territorio. En este caso pasa como con el bolívar: el servicio ofrecido desde Venezuela va dejando de existir, deja el espacio, y éste es ocupado por los prestadores colombianos de esos servicios.

Pasa también con el transporte, tanto el interno de estados como Táchira, Zulia, Mérida, Trujillo, Barinas y Apure, como el interesdatal de estos estados y de otros como Portuguesa, Cojedes, Lara, Carabobo: dejan de cubrir las rutas habituales en las que son fundamentales para pasar a cubrir las rutas hacia la frontera porque les es más rentable al cobrar los pasajes en pesos o en dólares y por la cada vez mayor demanda del servicio en esas rutas.

Y si a esto agregamos el avance en presencia y control territorial de grupos armados pertenecientes a la economía del crimen, bandas armadas y paramilitarismo, el cuadro se complejiza aún más. Es clave tener presente que todo este grave escenario descrito como anexión económica tiene en su origen, en su base, las estructuras de la economía del crimen: contrabando, narcotráfico, trata de gente. El paramilitarismo y esas otras formas de violencia armada organizada implican, además del ejercicio directo de la violencia y el terror, la instalación de toda una cultura paramilitar que tiene entre sus pilares la instalación de mecanismos y dinámicas económicas que, si bien surgen desde la ilegalidad, al hacerlas generalizadas e involucrar sectores cada vez más numerosos de la población, van logrando que la economía en sí de esos territorios sea absorbida por esa economía del crimen y tribute a su fortalecimiento.

IV

El impacto de esta realidad en términos económicos es grave, sin duda. Pero también lo es en términos simbólicos, en lo que implica para el imaginario de nuestra gente, para la conformación de los referentes, lazos, vínculos profundos de la socialización.

Esto es grave. Pero lo es mucho más el hecho de que esto avanza hacia adentro del país. Hoy día, las dinámicas con las que comenzó a darse este fenómeno en las zonas fronterizas han alcanzado incluso Caracas y tienden a consolidarse. Cada vez más vemos en nuestros barrios caraqueños y en zonas donde hay buhonería cómo proliferan las mercancías colombianas. Si esto sigue creciendo terminaría pasando igual que allá en el extremo occidente: como son mercancías que se adquieren en pesos, esta moneda aumentará su circulación en la ciudad capital y abrirá más espacio al avance territorial del sistema financiero colombiano en pleno centro de Venezuela, quienes traen y comercializan esas mercancías terminarán por tener cuentas bancarias en Colombia y quizá hasta lleguen a pagar a sus empleados en pesos.

Siguiendo la lógica cómo el fenómeno se ha venido dando, el hecho de que esté presente actualmente en Caracas significa que avanzó y ganó terreno y algún margen de consolidación en Maracay, Valencia, Barquisimeto, San Carlos, Acarigua, Guanare, Barinas. Entonces, aquella frontera del mapa económico habría que trazarla cada vez más hacia el centro de Venezuela y el número de aquel hipotético censo económico daría un número cada vez menor de nuestra gente económicamente activa.

Este avance territorial del sistema económico de un país sobre el otro implica que la población de esos territorios pasa a vivir de espaldas, en términos generales, al país del que formalmente, jurídicamente, políticamente, culturalmente, forma parte. Si además de esto (por indolencia, por corrupción, por efecto del bloqueo de EEUU) el Estado venezolano y el gobierno venezolano va dejando de garantizar la satisfacción de necesidades básicas y derechos fundamentales como la salud y la educación (en esto tiene responsabilidad el gobierno nacional, pero también y de forma determinante los gobiernos regionales y municipales), entonces el cuadro se agrava aún más. Y si, por otro lado, la integración de toda esta enorme cantidad de población al sistema economómico de otro país implica para esa gente una sensible mejoría en sus condiciones económicas (como de hecho ocurre), pues la gravedad es mayor. Partiendo de una suerte de colonización económica se gesta la colonización de otras zonas de la vida. Y no se trata de plantear y alimentar una posición chovinista, patriotera o anticolombiana. No. Si de intercambio igualitario y equitativo se tratara, no habría problema, el resultado sería, al contrario, enriquecedor, mutuamente favorable. Pero no es así.

V

No soy economista y, por ende, no tengo respuestas a muchas de las preguntas que genera esta realidad aquí descrita. Sin embargo, es necesario debatir abiertamente al respecto, y hacerlo poniendo en el centro el Plan de Recuperación Económica que se viene aplicando en el país desde hace un año.

¿Cuánto de lo que aquí se relata se debe a las medidas económicas tomadas el 20 de agosto del año pasado? ¿Cuánto se debe a medidas decretadas pero jamás ejecutadas, como la del precio de la gasolina? ¿Cuánto ha incidido en este avance del peso colombiano la medida de reducción del encaje bancario aplicada por el gobierno nacional? ¿La reconversión monetaria implicó la puesta en circulación de una cantidad de efectivo equilibrada en relación con el volumen cotidiano de las transacciones de nuestra economía y con algún cálculo relativo a la hiperinflación? ¿Existe (o es posible) la aplicación de una política monetaria especial para las zonas fronterizas que pueda atacar la progresiva desaparición del bolívar en esos territorios y la expansión de ese desequilibrio hacia el centro del país? ¿Qué pasó con la Misión Frontera de Paz, que implicaba planes económicos específicos para la frontera? ¿Se sabe de algún cálculo que pueda medir el volumen del circulante de moneda extranjera (peso y dólar) en el país, específicamente en estados clave como Apure, Zulia, Táchira, Barinas y Mérida?

A juzgar por la ausencia en el discurso oficial de estos temas podría pensarse que no pero, ¿en el gabinete económico existe preocupación por esta realidad? Seguramente hay respuestas concretas a estas preguntas. Le toca en buena medida darlas al gobierno nacional, específicamente al gainete económico. Y seguramente, también, son muchas las medidas y acciones que podrían aplicarse, desde la política económica del país, para modificar a favor de Venezuela y de nuestra gente esa compleja realidad narrada en este texto.

La preservación de nuestra economía, nuestra soberanía, nuestra nación y nuestra identidad como pueblo están en juego. Y eso no espera.

About Eduardo Viloria Daboín
Cineasta. Director y guionista de “¿Hay alguien allí?” (Largometraje documental sobre el autismo). Fue colaborador de la revista cultural Sujeto Almado. Miembro del equipo del periódico alternativo Proceso, así como de la Cooperativa Audiovisual “La Célula”. Libros publicados: En trance de sonar (2004); Silencio cantado hacia el abismo (2008).

2 Comentarios en La otra invasión

  1. Vivimos es un país sin Ley, donde el Estado perdió control, bien sea por negligencia de una gran cantidad de funcionarios corruptos y complacientes que no tienen ni un atisbo de pertenencia y pertinencia hacia su país, o por mala gestión en la aplicación de políticas económicas orientadas a mejorar la calidad de vida del venezolano. Caímos en una suerte de canibalismo social donde sobrevive el más corrupto y más tramposo, ya no importa la solidaridad, hace rato que emigró como muchos venezolanos que han huido del país. Hoy día creo y estoy cada vez más convencido que prevalecen son las ideas de una sociedad socialista, es decir, creo en ideas más no en personas y mucho menos en politiqueros de izquierda que por cierto hay muchisimos y menos en los de derecha. Lucho desde mi espacio de educador y lo hago con fervor y esperanzado en lograr cambios en una sociedad que cada días veo más alienada y con muchas carencias en cuanto a identidad nacional y defensa de la soberanía.

  2. Eso es un asunto de AUTORIDAD. La anomia (desorganización) se apoderó de todo. Transporte público, mercados, comercio, educación, criterios morales; todo se deterioró de tal manera, que costará mucho organizarla. Cómo el gobierno con cuerpos de seguridad, la administración pública y demás poderes, se hace de la vista gorda de los problemas que viven los estados fronterizos. Ni hablar del Zulia, Bolívar y Sucre.

Deja un comentario

Ir a la barra de herramientas