¿Cómo terminará todo esto? (IV) A propósito del Plan de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica

Por: Lenin Brea

I

Según se deriva de los análisis, investigaciones y valoraciones que preceden el presente artículo, el Plan de Recuperación Crecimiento y Prosperidad Económica debe calificarse como un fracaso, y esto no solo si se evalúa según los objetivos que el mismo se planteó.

El diagnóstico se confirma por el hecho de que el Gobierno nacional haya pasado de contrabando el aniversario de una iniciativa que promocionó con bombos y platillos. Hasta hace aproximadamente un mes, el Ejecutivo todavía podía sostener, no sin vergüenza, que había logrado controlar la inflación, ya no puede siquiera eso.

Sin embargo, que sea posible afirmar que el plan ha sido un fracaso desde el punto de vista de sus objetivos formales, e incluso cuando se utilizan otros criterios que exceden aquellos, no quiere decir necesariamente que las medidas hayan sido un completo desatino.

Así, por ejemplo, el Gobierno ha logrado disminuir el tamaño de la administración pública, aplicando mil artimañas entre las que destaca el despido indirecto de sus trabajadores. Además, ha preparado exitosamente el terreno para próximas privatizaciones y la entrega de las riquezas nacionales a los mejores postores, proceso en el que marcha a verdaderos pasos de gigante. También ha logrado (y en esto la ayuda de la oposición le ha sido invaluable) desmovilizar a la población y vencer de momento todas las resistencias que el chavismo, la izquierda y las clases populares han intentado oponer al proceso de reordenamiento constitucional adelantado por el madurismo.

Por otra parte, al capital en general, y en particular al especulativo, las medidas económicas le han caído como un digestivo luego de un atracón, renovándole la posibilidad de seguir jartando. También han salido ampliamente favorecidos, desde mucho antes de la implementación del PRCPE, los acreedores del país, a quienes el Gobierno trata con el respeto que solo debería profesarle a su pueblo.

Visto en retrospectiva, la medida objeto de comentario se nos presenta como dos momentos de un mismo plan. El primero, destinado a fracasar para justificar la implementación del segundo. La orientación del plan en definitiva es, como queda bien establecido en la mayoría de las notas que preceden a esta, neoliberal, ortodoxa, antipopular y antidemocrática. Puede agregarse que es una pieza fundamental en el proceso de trastocamiento radical de la distribución de derechos y deberes hasta ahora vigente, es decir, que sirve a un reordenamiento constitucional, en el sentido duro del término.

El PRCPE trata de establecer condiciones estructurales que hagan atractiva la inversión en Venezuela y que favorezcan al capital en general, lo que implica disminuir y desarticular los derechos del resto de connacionales. Esto es evidente al respecto de las medidas que afectan las relaciones laborales. De una parte, el PRCPE suspende y luego destruye los beneficios sociales de los trabajadores, establecidos en la Constitución, la LOTTT y otras leyes, pero, además, como parte del plan, el Gobierno se transforma en gendarme de los salarios bajos al fijar el precio de la mercancía trabajo muy por debajo de su valor.  A este fin sirve en concreto el petro como unidad de cuenta.

Así, fiel a su estilo “como sea”, el Gobierno nacional ha logrado avanzar en su proyecto, aunque no como quisiera.

Desde la perspectiva de la evaluación de la gestión gubernamental, el PRCPE ahonda la desaprobación del quehacer institucional en el sentir de la gran mayoría de la población. Sin embargo, el dato relevante es que dicha desaprobación no se ha traducido en un movimiento político de oposición de carácter popular, sino en la desmovilización política general de la sociedad.

En la actualidad, la actitud del común se basa en no esperar nada del Gobierno ni de la política; aprovechar lo que se pueda de los ofrecimientos, programas y acciones de este; y en lo fundamental, intentar resolver desde lo privado. Es importante hacer énfasis en que esto puede considerarse como un logro de la política que implementa el madurismo, en tanto que la desmovilización social y política es una condición imprescindible para llevar adelante el proceso de reordenamiento constitucional en curso.

Sin embargo, esto no significa que la situación nacional sea de calma y si bien hay una despolitización general, pequeñas protestas se prenden a diario aquí y allá acicateadas por la dureza de las condiciones materiales y espirituales.

A lo interno del chavismo el PRCPE encontró resistencia desde su implementación en los sectores más a la izquierda del movimiento. Dicha resistencia se ha hecho fuerte con el paso del tiempo y la confirmación del fracaso total del plan, extendiéndose incluso a los más amplios sectores del movimiento, optimistas al momento de la implementación, bajo la forma de malestar y descontento. No obstante, la hegemonía del madurismo, la debilidad relativa de la izquierda chavista a lo interno y a nivel nacional, y otros factores, han distanciado una ruptura que por momentos parece inevitable, sobre todo tomando en cuenta que a los sectores hegemónicos les resulta incómodo e inútil tratar con todo lo de que no sea derecha.

Pero el fracaso del PRCPE no solo se traduce en un descontento cada vez más público y notorio dentro del chavismo. También ha redundado en la pérdida de todo entusiasmo y en el desinterés dentro de amplios sectores del movimiento. Hoy la dirigencia chavista no espera otra cosa de la bases populares que pasividad, obediencia y conformismo. Por otra parte y mucho más grave es la política violenta que el liderazgo ha asumido en cuanto al descontento. Toda manifestación de protesta venga de quien venga es tratada como guarimba, y se ha perdido el límite en el tratamiento del adversario político.

Hay que sumar a esto el proceso de expropiación y represión velada y no asumida del que son objeto muchas organizaciones populares que han buscado y encontrado maneras de organizarse para resistir y superar la situación.

Por otra parte, la implementación del PRCPE y de las restantes medidas antipopulares no le ha traído al Gobierno ni el apoyo del capital ni en concreto de las élites económicas nacionales o foráneas.

De un lado, es innegable el efecto que tienen las medidas punitivas unilaterales estadounidenses que horadan las condiciones que el plan intenta crear para atraer y dar garantías de rentabilidad y obediencia al capital en general.

Es decir, por más atractivas que puedan ser para el capital medidas como la liberación del mercado cambiario y la precarización del trabajo, ningún capital se atreverá a invertir en el país de una forma más o menos seria mientras no se le garanticen las condiciones internacionales para hacerlo.

Pero, además, conspira contra el PRCPE la total falta de credibilidad del Gobierno, y más aún su debilidad política. En un contexto como el presente, en el cual el Gobierno se sostiene básicamente en virtud de las prebendas que puede distribuir aquí y allá, es previsible que los actores, especialmente los que se declaran en oposición al Gobierno, traten de aprovechar la situación sacándole todo el partido que puedan mientras dure, sin ningún tipo de remordimiento por los acuerdos que incumpla.

II

“¿Cómo terminará todo esto?”, rememora la primera línea del último párrafo de una breve ficción de Kafka titulada “Un viejo manuscrito”.

Para explicar cómo llegó una frase firmada por Kafka a encabezar una serie de análisis políticos sobre nuestra situación presente, sería necesario describir al lector el contenido de la pieza literaria referida, pero creo que en este caso es posible y útil citarla completa ya que al respecto de la relación en cuestión su lectura tiene un efecto demostrativo inmediato.

Incluso me atrevo a apostar que cada palabra de la ficción, tomada como una alegoría, lo conectará inmediatamente y de una manera inesperada con nuestra situación actual:

Un viejo manuscrito

El sistema defensivo de nuestro país es verdaderamente defectuoso. Cómo negarlo. Hasta ahora, atareados como estábamos en nuestro día a día, no nos había preocupado, pero los últimos acontecimientos han hecho saltar las alarmas.

Soy zapatero remendón; mi tabuco da a la plaza del palacio imperial. Nada más subir la persiana de mi cuchitril ya se ven los soldados, apostados con sus armas en todas las bocacalles que dan a la plaza. No son de los nuestros; son nómadas del norte. No sé cómo han podido llegar hasta aquí, hasta la capital, tan alejada como está de la frontera. Pero ahí están. Cada día son más.

Los nómadas están acostumbrados a la acampada libre, detestan las casas y pasan el día afilando sus espadas, calibrando flechas, adiestrando a los caballos. Han convertido una plaza tranquila y limpia en una auténtica pocilga. Más de una vez hemos dejado nuestros negocios para limpiar la suciedad más ostensible, pero apenas lo hacemos es trabajo perdido; además, corremos serio peligro de morir aplastados por los caballos salvajes o de que los soldados nos abran las carnes a latigazos.

No puede uno hablar con los nómadas del norte. No saben nuestro idioma y casi ni tienen el suyo. Hablan entre ellos como si fueran grajos: un graznido es lo único que se oye. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como faltas de interés. Ni siquiera tratan de interpretar las señas que les hacemos. Puede uno dislocarse la mandíbula y las muñecas, que nada entienden ni entenderán nunca. A menudo hacen muecas, ponen los ojos en blanco y echan espuma por la boca, pero eso no significa nada, ni nos produce miedo. Es una costumbre suya. Si necesitan algo, lo roban. No puede decirse que utilicen la violencia. Simplemente lo cogen, y uno se hace a un lado y se los cede.

De mi negocio se han llevado valiosos productos. Pero no voy a quejarme, viendo, por ejemplo, lo que le pasa al carnicero: nada más llegar la carne a la tienda, los nómadas la cogen y empiezan a comérsela. Sus caballos también comen carne. Y no es raro ver a un nómada compartiendo un trozo de carne cruda con su caballo. El carnicero tiene miedo y no se atreve a suspender los pedidos. Comprendemos su situación y hacemos colectas para que siga pagando. Si los nómadas se encontraran un día sin carne, nadie sabe cómo reaccionarían. Además, nadie sabe lo que pueden llegar a hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse el trabajo de sacrificar y despiezar, y trajo un buey vivo. No volverá a hacerlo. Yo me pasé una hora acurrucado en el fondo de mi cuchitril, debajo de todas las ropas, mantas y almohadas que tenía a mano, para no oír los mugidos del buey cuando los nómadas se abalanzaron sobre él y empezaron a comérselo vivo. Sólo me atreví a salir de mi escondrijo un buen rato después de que cesaran los mugidos: como borrachos ahítos junto a un barril de vino, estaban desparramados los nómadas en el suelo junto a los restos del animal.

Precisamente ese mismo día me pareció ver al emperador tras una ventana de palacio; casi nunca llega a las habitaciones exteriores, anda siempre en los patios más escondidos; pero ese día lo vi, o creí verlo, tras una ventana, contemplando cabizbajo el espectáculo ante el palacio.

—¿Cómo terminará todo esto?— nos preguntamos todos. ¿Hasta cuándo aguantaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha atraído a los nómadas, pero no sabe cómo deshacerse de ellos. Las puertas están cerradas. Los guardias, gallardos y joviales antes en sus marchas y en sus relevos, se protegen ahora tras las rejas de las ventanas. La salvación de la patria depende solo de nosotros, artesanos y comerciantes, pero no estamos preparados para esta tarea; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de hacerla. Hay un malentendido. Y ese malentendido será nuestra ruina.

***

Leída la ficción quizás se comprenda mi negativa a contar “como se puede” lo que ha sido magistralmente narrado.

Más importante para los objetivos de este escrito es la posibilidad de que el lector se haya identificado con el narrador y con la situación de los habitantes del imperio apócrifo de Kafka.

Tal identificación, dada la potencia alegórica del texto, es fácil en nuestro caso por una circunstancia histórica. “Un viejo manuscrito” fue publicado en 1917 cuando ya las columnas del imperio Austro-Húngaro, del cual era súbdito Kafka, se tambaleaban, por lo que podemos suponer que expresa la experiencia de la disolución de una soberanía concreta.

Pero si la circunstancia histórica en la que fue escrita la ficción y a la cual aquella refiere permite la identificación, también es verdad que dada la riqueza del texto, cada lectura particular interpretará en forma políticamente conveniente para sí los elementos que la componen.

Así, para unos el Gobierno de Maduro o incluso la Revolución Bolivariana será el emperador asediado por los bárbaros a los que se los pintará copetones, naranjoamericanos, con acento paramilitar, y llevando los estandartes del imperialismo “que sí existe”; para otros la cosa será al revés y ahora serán los bárbaros las hordas chavistas con franelas rojas del Che, y el emperador será Guaidó “que sí es presidente”… Pero quizás la posición mayoritaria, y también aquella más próxima a lo que de nuestra realidad nos dice la ficción, es aquella en la cual da lo mismo quién es quién, pues, para todos los efectos prácticos, la situación calamitosa es producto de la combinación de la presencia bárbara y la inacción del emperador. No se puede dejar de padecer una cosa sin salir de la otra.

No obstante, la potencia del cuento para pensar nuestra situación actual desaparece casi completamente en la medida en que nos entregamos a la mencionada identificación, en la medida en que nos apropiamos del discurso del zapatero, el cual es a fin de cuentas una justificación acomodaticia de su posición ante lo que sucede. Mientras se diga lo que aquel dice, siempre e independientemente de cómo se haga esto, salvar la patria, advenir como un pueblo frente a la situación, será algo que no estará en nuestras manos.

En efecto, en un primer momento, la narración nos coloca frente a una situación de caos, violencia y desgobierno, y más en específico frente al discurso (se trata de un manuscrito) que intenta circunscribir, dar sentido, a aquel acontecer. Pero el zapatero no solo nos describe una situación que lo afecta como quien rinde un informe, en lo fundamental da cuenta de su posición y la de sus conciudadanos frente a ella. En tal sentido, identificarse con el narrador no es solo reconocer que se está en una situación similar, sino asumir la misma postura frente a ella.

No creo que Kafka haya escrito el cuento para que sirviese de consuelo, excusa o tapadera, todo lo contrario…, pero su potencia subversiva solo subsiste si la posición del zapatero produce rechazo, si se hace imperativo realizar un movimiento de distanciamiento frente a ella. De hecho si, por una parte, lo que dice lo dispensa de tomar una verdadera posición política y lo presenta junto a su pueblo como una víctima impotente y pobrecita, por la otra, su patetismo produce vergüenza ajena y es a partir de esta afección que es posible rechazar su posición.

Lo patético son los intentos de los súbditos por mantener su cotidianidad a pesar de lo que sucede; que siguen esperando el retorno a la normalidad como si se tratase de una situación transitoria; que no desean salvarse por sus propios medios ni menos gobernarse; que más bien desean ser salvados, gobernados, protegidos de tal modo que puedan dedicarse a sus cosas; que quieren tanto volver a lo que tenían que si los bárbaros articulasen palabra y estuviesen dispuestos a gobernar el imperio aceptarían de buen grado su dominio.

Así, el cuento señala un aspecto esencial del concepto de soberanía. Su condición de posibilidad es la voluntad existencial de un pueblo. Ser soberanos, autónomos, independientes, implica un compromiso activo y se diría que militante que no se puede enajenar. Para ponerlo en el viejo lenguaje de la filosofía política: es al pueblo y no al gobernante a quien corresponde en última instancia decidir en qué consiste y cuándo está vigente la protección que recibirá de aquel. La obediencia que se debe a quien funge de autoridad tiene un límite en la capacidad del otro para proteger. El malentendido que será la perdición de aquel pueblo radica en que insisten en vivir desvinculados de lo político como si el orden jurídico-político, cuestionado por la presencia bárbara, estuviese vigente, como si fuese posible verdaderamente obtener de una vez y para siempre seguridad o protección a cambio de obediencia, como si fuese posible vivir nuestra vida sin ocuparnos de aquello que la hace posible.

“Solo el pueblo salva al pueblo”, puede considerarse como una verdad indiscutible, pero solo si el pueblo desea salvarse en tanto que pueblo… tal es, quizás, el remate que daría la ficción de Kafka a la vieja conjura popular.

Más allá, con lo dicho el relato adquiere un nuevo tinte, ya no puede considerarse una justificación, la forma estetizada como un artista expresa su malestar, inconformidad, impotencia y/o angustia, sino que se constituye nada menos que en un desafío, en un reto planteado desde lo que tenemos en común (padecer la misma situación) y que un poco a la manera de Diógenes el cínico, nos interroga a plena luz del día con una linterna encendida: ¿Estamos verdaderamente dispuestos a tener patria? ¿Vale la pena seguir constituyendo este  “nosotros” llamado Venezuela?

En varios artículos anteriores he manifestado mi oposición a los llamamientos a la violencia callejera lanzados en particular por la oposición derechista y la coalición encabezada por EE.UU. Mi postura al respecto no ha cambiado: no es repitiendo un Sacudón como podemos salir adelante, no es por medio de la guarimba y el golpe de Estado que saldremos de donde estamos, pero tampoco parece que las soluciones privadas sean suficientes ni siquiera para la salvación individual.

Reiterémoslo, así como no es justificación, la ficción de Kafka tampoco es un llamamiento a la acción si por tal se entiende la violencia. Lejos de eso permite poner en cuestión nuestro sentido de pertenencia y compromiso con aquello que llamamos patria y en tal sentido se constituye en una suerte de interpelación o desafío. Pero a la vez pone de manifiesto lo banal, fútil y patético de las soluciones individuales, no políticas, privadas para hacer frente a problemas como los que enfrentamos, dejando claro que no hay cotidianidad ni porvenir posible sin las instituciones políticas que son su condición de posibilidad.

Así la cotidianidad, nuestros intereses, deseos y expectativas no valen menos y pueden seguir siendo el motor de nuestras vidas, a mucha honra, como se dice, pero en adelante será imposible sostener las fantasías que tarde o temprano serán nuestra perdición en tanto que pueblo: aquella que nos coloca como puras víctimas impotentes y aquella que nos hace creer que todo va a estar bien sin afrontar aquello que determina el padecimiento.

About Lenin Brea
Sociólogo (Universidad Central de Venezuela). Tesista de la Maestría en Ciencias Sociales de la Universidad de General Sarmiento y el IDES (Argentina). Investigador, articulista y editor. Autor del folleto “Crímenes de odio y violencia incendiaria 2017”. Militante del Colectivo Alpargata Solidaria y miembro de la Universidad Popular de las Comunalidades.

2 Comentarios en ¿Cómo terminará todo esto? (IV) A propósito del Plan de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica

  1. Desde hace miles de años los humanos lo intuimos: lo que vale la pena es saber que va a ocurrir, cuando y de que manera…..por eso en todas las culturas, desde su ancestralidad, perviven las prácticas adivinatorias……vista la dificultad para adivinar, los humanos mas avisados se dieron cuenta de que la clave estaba en acumular poder…..poder para decidir que debe suceder y lograr que suceda……si no me creen pregúntenle a Rohtschild……

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